Y razón no les falta

Y razón no les falta

Cuando la gente te da el pésame por ser autónomo

En octubre, cumpliré dos años dada de alta en el régimen de autónomos de la Seguridad Social. Yo que pensaba dar una fiesta por lograr tal hazaña, lo mismo organizo un velatorio porque menudo muerto me ha caído encima.

Autónomos tristes
Autónomos tristes | Pexels

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | Actualizado el 31/07/2018 a las 20:36 horas

Nunca tuve intención de ser autónoma. ‘freelance’, que dicen los periodistas más modernos. Desde que salí de la Universidad, donde compartí pupitre con Sara Carbonero, tuve la suerte (o no) de ir saltando de un trabajo fijo a otro.

Aunque cobraba menos de 1.000 euros y echaba más horas delante del ordenador que ‘El Rubius’, lo cierto es que me contentaba pensando dos cosas. La primera es que me estaba labrando una carrera profesional que, en algún momento, me serviría para algo (aún estoy esperando) y la segunda es que si me echaban tendría derecho a paro. Ea, yo siempre intentando ver el vaso medio lleno.

Sin embargo, terminé desbordándolo con la frustración y la ansiedad que producen las últimas horas a cada segundo (en la era digital todo es considerado ‘breaking news’), los artículos escritos por y para el clic (a tomar por saco la calidad siempre y cuando llegue publicidad) y el hecho de darme cuenta de que o salía ya de ese círculo vicioso o este me arrastraría a los infiernos para siempre.

Así pues, un buen día le dije a mi jefe que tiraba la toalla. “¿Pero te vas sin nada?”, me decían mis compañeros tremendamente alarmados. Hombre, me llevé mis cosas en una caja al más puro estilo americano. Pero sí, me fui, como suele decirse, con una mano delante y una detrás.

Reconozco que me sentía un poco perdida y no sabía si quería empezar a mandar currículos o pirarme a Inglaterra como tantos otros. A original no me gana nadie, ¿eh? Sin embargo, en esas estaba yo cuando el teléfono comenzó a sonar.

Eran antiguos compañeros de trabajo que me pasaban chivatazos sobre medios de comunicación que buscaban ‘freelance’. Y así, de aquella manera tan tonta y nada premeditada, comencé a colaborar con varias cabeceras digitales y, por supuesto, me di de alta como autónoma. Bienvenidos al infierno.

El primero que me dio el pésame fue el señor que me atendió en la oficina de la Seguridad Social. Ilusa de mí le pregunté: “¿Pero cuánto tengo que pagar más para que luego me quede paro? Porque algo de eso he oído”. Su cara fue todo un poema.

“A ver, que venís aquí los primerizos sin tener ni idea. Los autónomos no tenéis paro, tenéis lo que el Gobierno llama un sistema de protección por cese de actividad. Yo te doy a elegir entre esta lista de aseguradoras y si algún día te quedas sin trabajo, los llamas y negocias con ellos una paga por un determinado periodo de tiempo. Pero la mayoría de las veces la gente desiste porque tienes que cumplir muchísimos requisitos y las aseguradoras terminan, como mucho, pagándoos una miseria durante un par de meses”.

Creo que ha sido la bofetada de realidad más grande que me han dado en toda mi vida. Recuerdos desde aquí para ese funcionario que me despidió con cara de pena y un “que tengas mucha suerte”. Claro que sí, guapi.

Salí de allí dispuesta a no perder la esperanza. Porque si algo tenemos los autónomos es fe. Fe en que nos pagarán a tiempo, en que entrarán nuevos proyectos por los que se van, en que podremos pagar la cuota todos los meses y seguir comiendo diariamente y tomando una caña con los amigos el fin de semana… Y desde que salí de aquella oficina de la Seguridad Social, he podido hacer todo lo anterior. Aunque reconozco que he pasado meses de vértigo en los que no sabía si mi castillo de naipes aguantaría.

Una angustia que sienten más los que rodean al autónomo que el propio autónomo. Os explico. Hace un mes acudí al funeral por la muerte de la abuela de una amiga. Y allí que fui a reconfortarla y a hacer más llevadera su pérdida. Por supuesto, como en todo velatorio que se precie, uno se encuentra con gente que hacía años o meses que no veía. Es ahí cuando comienza una pequeña puesta al día que en mi caso me dejó hecha polvo.

“¿Qué tal? Ya me dijo Gema que ahora eres autónoma. Madre mía chica, yo no sé cómo puedes. No saber lo que cobras todos los meses, sin una nómina, un sueldo fijo… Por no hablar de que no tenéis paro. Yo de verdad que te admiro porque sin tener pareja ni nada me parece más complicado todavía. Una sola fuente de ingresos y tan inestable… Que luego dicen que se puede ganar mucho dinero, pero chica, menuda tensión todo el día. Por no hablar de los horarios, que os pasáis el día trabajando. Yo es que no le veo ninguna ventaja, pero oye, que si te va bien me alegro un montón por ti”, me dijo apenas sin respirar Laura, abogada en uno de los mejores bufetes de Madrid.

No supe reaccionar. Solo alcancé a decir un “me va bien”. Aunque sus palabras me hicieron dudarlo. “¿Realmente, me va bien?”, me pregunté a mi misma. He ahí el quid de la cuestión del autónomo. Una vez metido en el meollo, nadie se plantea esta cuestión. Te lías la manta a la cabeza e intentas no pensar en todos los contras. Porque si algo os puedo asegurar es que ya está el resto de la sociedad (junto con tu madre, tu padre, tus primos, tus sobrinos, la vecina del quinto y el cartero) en recordártelos con frecuencia.

Decir que eres autónomo es ver el pánico en los ojos del otro. Es curioso que la gente se imagine automáticamente lo peor cuando les dices que trabajas por cuenta propia. No es de extrañar. Aunque no me arrepiento de haber tomado este camino, lo cierto es que tampoco animo a nadie a que lo siga.

Es duro, no nos engañemos. Sin embargo, ¿qué es la vida sin riesgo? Además, me encanta el hecho de que ser autónomo me defina como persona. No solo por parte de los demás, sino por la mía propia. Me he dado cuenta que cuando antes me preguntaban que qué era, yo decía periodista. Ahora no, ahora digo que soy autónoma, como si hubiese estudiado para ello.

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