NI SIQUIERA HITCHCOCK LO HUBIERA SUPERADO

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El crimen de Angie cumple 10 años: uno de los casos más alucinantes de la crónica negra española

Todo lo que rodea a este homicidio es demasiado increíble, misterioso y retorcido. Lo que se encontró la Policía fue un escenario absolutamente dantesco. Una chica desnuda muerta en la habitación de un hotel con una bolsa en la cabeza, restos de semen de dos hombres en boca y vagina, y una suplantación de identidad que dejó a todos en shock. El caso se ha reabierto.

PEDRO MATEO | @pedromateo2011 | Madrid | 25/09/2018

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María Ángeles Molina, 'Angie', así es como todo el mundo conoce a la protagonista de nuestra crónica negra de hoy. Un relato de esa España Negra menos conocida que la de Puerto Hurraco o Alcácer, pero probablemente más retorcida e insólita que las anteriores. Los cronistas de la época bautizaron el caso como “el crimen perfecto”. Pero claro, no fue perfecto, si no, no estaríamos aquí.

Lo he contado al revés, he empezado por la escena del crimen y ahora me toca reconstruir las piezas hasta llegar al principio de la historia. A mediados de los 90, Angie estaba casada con Juan Antonio Álvarez, un empresario argentino de 41 años que regentaba varios restaurantes en Gran Canaria.

Tenían una hija en común, Carolina. Todo parecía ir bien hasta que Juan Antonio descubrió, no sólo que Angie lo engañaba con otro, sino también que lo engañaba con su pasado, ya que éste descubrió que su mujer provenía de una humilde familia de Zaragoza y no de esa adinerada familia de rancio abolengo de la que tanto se jactaba. Aun así, Juan Antonio hizo la vista gorda y siguió adelante con su matrimonio.

Craso error, ya que en 1996 Juan Antonio fue encontrado, desnudo y muerto junto a su cama. La autopsia reveló que se había suicidado ingiriendo un producto presente en los detergentes. Para la familia del difunto, Angie era una viuda negra en toda regla.

Muchos decían que Juan Antonio no podía más y que pretendía marcharse con la hija de ambos. Lo cierto es que no encontraron pruebas que incriminasen a Angie, quien, ante la mirada de propios y extraños, se embolsó el seguro de vida de su marido, 80 millones de pesetas para ser más exactos.

De todos era sabido el amor de Angie por el dinero. Por el dinero, las propiedades, las joyas, los coches, de hecho, parece ser que fue la primera persona en tener un Hummer en Barcelona, ciudad a la que se mudó tras la muerte de su marido.

Allí, no me preguntes cómo, se convirtió en la responsable de Recursos Humanos de una importante empresa textil. Lo cierto es que Angie era una mujer guapa, encantadora, inteligente y muy segura de sí misma, incluso altiva, llaves con las que se pueden abrir muchas puertas. La que ella abrió fue la de Ana Páez, una chica que trabajaba para Angie. Más allá de lo profesional, ambas eran amigas, o eso creía Ana, una joven noble y de buen corazón, es decir, la víctima perfecta para una psicópata.

Durante dos años Angie suplantó la identidad de Ana firmando en su nombre préstamos bancarios y seguros de vida por más de un millón de euros. Pero claro, para cobrarlos, Ana tenía que morir. Siempre que Angie era Ana llevaba puesta una peluca negra que emulaba el peinado de Ana.

La misma peluca que captaron las cámaras de seguridad de una sucursal de La Caixa el día del asesinato. Ese día, Angie sacó 600 euros de una cuenta a nombre de Ana y justo después viajó hasta Zaragoza para, según ella, recoger las cenizas de su madre, quien ya llevaba un año muerta. Una trama que remató pagando el peaje con su propia tarjeta de crédito para que quedara constancia del viaje. El problema es que, a la hora del homicidio, el rastreo telefónico policial no situó a Angie en Zaragoza sino en la escena del crimen.

Angie entró en un local de prostitución masculina llamado American Gigoló en el que pagó los servicios de dos chicos usando la tarjeta, la peluca y la identidad de Ana. La petición que les hizo fue cuanto menos curiosa. Con la excusa de una apuesta con sus amigas, Angie y su capacidad de manipulación convencieron a estos gigolós para que vertieran su esperma en dos botes. Después se marchó a un loft que había alquilado en el barrio de Gracia y en el que previamente había quedado con Ana ¿La excusa?, ambas iban a celebrar la compra del nuevo loft de Angie.

El cloroformo, mezclado con el vino, dejó a Ana KO. En ese momento Angie se puso unos guantes de látex, la desnudó, esparció el semen de los gigolós por su boca y vagina y cubrió su cabeza con una bolsa de basura que precintó con cuatro vueltas de cinta aislante. Todo había salido a la perfección excepto por un detalle, la famosa peluca negra que Angie olvidó bajo el sofá del loft, ADN, y ya en su casa, documentación relacionada con Ana y una botella de cloroformo.

En el juicio Angie se mantuvo fría e imperturbable, pero sus intentos de defensa eran débiles e inverosímiles y fue condenada a 18 años por el asesinato de Ana Páez. La familia de su difunto marido, en colaboración con el criminólogo Félix Ríos, han conseguido reabrir el caso y ahora Angie se expone a una nueva condena.

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