No quiero convertirme en parte del problema en otra ciudad

No quiero convertirme en parte del problema en otra ciudad

Busco unas vacaciones sostenibles porque he sufrido la turistificación en mis carnes

Llega la época de vacaciones. Desde hace años, y siempre que he podido alejarme unos días de mi ciudad, he tratado de buscar lugares alejados de la masificación turística. No sé, seré un ser extraño, pero no me gusta ir a desconectar a un lugar donde me voy a estresar esperando colas, esquivando hordas de turistas o gente matándose por conseguir fotos imposibles.

Tourists Go Home
Tourists Go Home | Agencias

GEMA VALENCIA | @gemabunda | Madrid | 20/07/2018

Hay veces que no es difícil: me gusta la naturaleza y trato de hacer senderismo en esta época de frescor estival. Qué le vamos a hacer, es cuando una puede. Así que trato de perderme en algún pueblo o lugar recóndito de mi comunidad autónoma. Y si hay un lago cerca mejor que mejor.

Pero este año he querido variar; quiero perderme por alguna ciudad. El problema es que he tenido que asumir una contradicción nueva a la hora de buscar destino y buscar alojamiento. Muchos amigos han sido víctimas de la gentrificación en los últimos tiempos, y yo misma lo he vivido en mis carnes. Así que es obvio que no me quiero convertir en parte del problema de otra ciudad.

Pero junto a esta reflexión llega una pequeña contradicción: vives precariamente, es decir, trabajas mucho y apenas llegas a final de mes. Y el turismo ‘low cost’, ese en el que contratas las compañías más baratas y te alojas en AirBnb, parece la única opción que te puedes permitir en tu merecido descanso. ¿Cómo esquivas la tentación?

Llegar a buen puerto en esta situación se pone difícil. Y realmente la mayor responsabilidad se sitúa en el tejado de las políticas públicas. El turismo en España supuso en 2016 el 11’2% del PIB según el Instituto Nacional de Estadística. Por todos es bien sabido que esta actividad económica es la principal de nuestro país, y sin embargo, su crecimiento en los últimos años está creando situaciones en las que a los locales les genera más mal que bien.

Un caso conocido por las consecuencias que está creando es el del auge de los alquileres turísticos y la expulsión, en consecuencia, de las vecinas y vecinos de sus barrios. Los propietarios pueden sacarle mayor rentabilidad si ponen en alquiler un piso en Airbnb, por ejemplo, que arrendarlo como vivienda habitual para una familia. Al final, los locales no pueden competir con los altos precios que alcanzan, algo que sí se pueden permitir los que los contratan por cortas estancias.

Ante esta situación, la población no se ha quedado parada. En España, han surgido varios sindicatos de inquilinos que tratan de hacer frente a la burbuja de alquiler. También en muchas ciudades se han llegado a poner en marcha campañas de comunicación de guerrilla como #BoycottAirbnb, desarrollada ya en 2016 en Berlín.

El turismo como generador de riqueza está muy bien, pero también deberíamos preguntarnos en qué condiciones se da y a qué manos llega esa riqueza. En la mayoría de las ocasiones, los ingresos generados van a parar a muy pocas manos y rara vez recae en las propias personas trabajadoras. Y estas suelen tener condiciones laborales muy precarias.

La asociación de camareras de piso, las Kellys, lleva mucho tiempo reclamando el incumplimiento de sus derechos laborales. Su lucha visbiliza la otra cara del turismo, una en la que no pensamos cuando estamos de vacaciones. Para tratar informar a los turistas, hace un días reclamaban vía Twitter a TripAdvisor que advirtiese en su web de los hoteles que sí respetaban sus derechos para poder hacer uso de ellos.

El turismo masivo y desmedido acaba devorando las ciudades y tiene consecuencias medioambientales y sociales, de ahí la importancia de que las administraciones públicas adquieran un compromiso con un modelo sostenible.

Pero aunque gran parte de la responsabilidad recaiga en nuestros gobiernos, todos somos turistas en algún momento. En nuestra mano también está el no agravar la situación y no generar un impacto negativo en aquellos lugares que visitamos cuando viajamos. Por ello, hay algunas cosas que son básicas, pero que podemos tener en cuenta.

Precisamente el turismo responsable, o sostenible, trata de inculcar una filosofía consciente a la hora de viajar. Básicamente consiste en un modelo que respete el medio ambiente, la realidad local y el desarrollo económico de las ciudades. Muchas veces no conocemos las opciones disponibles, pese a que cada vez sean más numerosas.

Por ejemplo, hay diversas webs que aglutinan ofertas que tienen como protagonistas la naturaleza desde un planteamiento ecológico. También existen instalaciones hoteleras que hacen un uso responsable de la energía y de los residuos.

Bajo esta lógica consciente, deberíamos huir de plataformas como Airbnb que no hacen más que gentrificar barrios convirtiéndolos en parques de atracciones para turistas. Su acción también provoca que los negocios tradicionales sean sustituidos por nuevos locales de consumo para la clase media, muchos de ellos regentados por multinacionales.

Por eso, es importante apoyar al pequeño comercio y consumir productos locales. Respetar las normas autóctonas, ser responsables con los residuos que generamos y considerar opciones de transporte sostenible son algunas cosas que también podemos tener en cuenta.

Buscar un equilibrio entre nuestras posibilidades, expectativas y las alternativas disponibles propicia una reflexión que en muchas ocasiones no realizamos cuando tenemos unas vaciones en mente. Este año he decidido que mi descanso esté guiado por una simple pregunta: ¿cómo van a afectar las decisiones que tome y lo que yo haga en la ciudad a la que voy de vacaciones?

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