Una de ellas me pidió que le calculara cuánto gana al mes

Una de ellas me pidió que le calculara cuánto gana al mes

El autobús de las migrantes que limpian chalés y mansiones

Hay barrios donde sus habitantes jamás han visto un autobús por dentro. Son barrios exclusivos con el metro cuadrado a precio de oro, porque allí solo hay mansiones con muros altos, y piscinas. ¿Quién usa esos autobuses municipales? Las trabajadoras del hogar, y yo (que aun no me he sacado el carnet de conducir).

El bus de las chachas
El bus de las chachas | Agencias

DAVID NAVARRO | @madnavarro | Madrid | Actualizado el 24/08/2018 a las 11:18 horas

En Madrid, la línea de autobuses 161 comienza en Moncloa y llega hasta Aravaca, pasando por Valdemarín, una zona residencial muy exclusiva. Probablemente, ningún vecino de este barrio de Aravaca haya subido jamás a un autobús. Lo habrán visto en películas y pasando por la calle, pero por dentro lo dudo.

Porque haber elegido para vivir este barrio, entre todos los demás, te exime de coger el bus en toda tu vida. Sería un contrasentido mudarte a una de las zonas más caras de Madrid, donde solo hay chalets brutales protegidos por muros de tres metros, y luego ir de visita al centro de la ciudad usando el transporte público.

Esta línea de autobús municipal comienza en el intercambiador de Moncloa, dos pisos bajo tierra. Allí esperan a subir una fila uniforme de mujeres sudamericanas y filipinas, ellas son las viajeras naturales de este autobús, las mujeres de la limpieza de los casoplones de uno de los barrios con más Porche Cayenne per cápita de la Unión Europea.

Sería faltar a la verdad decir que solo lo cojen ellas. También suben jóvenes de Madrid que van al Colegio Estudio. Un colegio privado con un método de libre enseñanza, similar a otros como Waldorf o Montesori. El Colegio Estudio, que tiene un plan de estudios alternativo al estipulado por el Ministerio de Cultura, podría catalogarse como una institución progresista, para padres de izquierdas que buscan para sus hijos otro tipo de educación.

Y puede que sea un colegio de “izquierdas”, porque el dinero no está reñido con los ideales. Así que llegadas las cinco de la tarde, con la salida de los alumnos, se agolpan varias filas de coches en doble fila, rodeando el colegio en calles circundantes. Pero no son del tipo de coches que veríamos en Moratalaz o San Blas. Se trata de ese tipo de coches “tochos”, de gama alta, de los que parecen todo-terrenos pese a ser Audi, Volkswagen, Mercedes, Volvo, y sí: algún Porche Cayene.

Las mujeres del hogar suelen ir juntas, suben al bus en parejas o tríos. Hablan, comentan, se quejan. Por la mañana temprano se las ve con sueño, agotadas. Y cuando regresan salen peor. Yo también tengo mis movidas, y aunque soy consciente de que no parece un colectivo de viajeros satisfechos de la vida, tampoco yo tengo mejor cara.

Hasta que un día solo estábamos una de esas viajeras y yo. Nadie más hace la cola para subir al bus. Desconozco qué pasó, pero llegué a pensar que habían cambiado la dársena o había huelga. Ella se afanaba en teclear en su móvil, y yo miraba alrededor buscando algún cartel que nos alertara sobre la inusitada situación de no tener una cola de gente alrededor nuestro.

Se dirigió a mí, pero no porque tuviera ninguna preocupación sobre el bus, sabía que llegará, subiremos, y llegaremos a Valdemarín sanos y salvos. Ella quería hablar de otra cosa.

Cuando me habla cualquiera en una situación así (en el bus), mi primera reacción es no dar ninguna confianza. Porque tengo ese chip tan “de la gran ciudad” de que no quiero que el prójimo me cuente su vida. Porque se empieza saludando, y se acaba intentando convencer al otro de que los adventistas del séptimo cielo tienen la respuesta a la creación del universo. Pero no, ella me pedía ayuda en algo concreto, y claro que le ayudé.

Me pide calcular cuánto gana al mes

Quería calcular cuánto gana al mes, pero se hacía un lío. Parece que sus cálculos no parecían casarle, así que saqué mi móvil y me puse a su disposición para calcular lo que ella me explicara.

Pude saber que trabaja horas sueltas allí y allá. Siempre en casas de este barrio tan exclusivo. Todos los días a las 9:00 de la mañana tiene que estar en una casa, y a las 12:00 ya está libre hasta las 16:00, que entra en otra casa.

Eso son 4 horas libres en el quinto pino. Sin nada que hacer. Pero no puede volver a Madrid porque cada viaje le cuesta 1,50 euros (el bus) y eso sería ir y volver (3 euros al día innecesarios), así que se queda en Valdemarín, sentada en una parada de autobús porque allí no hay otro sitio donde sentarse.

Allí no hay nada más que chalets con altos muros. No hay parques, ni jardines, ni bancos donde tomar un bocadillo, no hay cafeterías, ni restaurantes. Este paraíso de los Cayennes es un Nirvana clausurado. Dentro, tras esos muros, sí hay césped, piscinas y árboles, pero solo para quién dispone de 2 ó 3 millones de euros y los ha invertido en comprar una casa de anuncio. Fuera de cada fortaleza solo está el desierto abrasador.

Esta trabajadora del hogar, no está dada de alta en la seguridad social, y me confiesa que en un sitio cobra 5 euros a la hora, en otro 8 y en otro llega a cobrar 10 (por trabajar solo unas horas algunos sábados). En el paraíso de los Cayennes, esta mujer gana al mes 472 euros. Y se da cuenta de la cantidad total hablando conmigo, cuando sumo las tres variables multiplicadas por los días que trabaja al mes. 472 euros.

Hacemos las cuentas hasta tres veces, y siempre sale 472 euros. A ella se le queda una mirada entre decepcionada y abnegada. “No es mucho” me dice. Yo asiento, y confirmo. Pero no tengo mucho más que decir. Los dos nos quedamos en silencio. Pasan unos minutos. Empieza a llegar gente.

El bus llega pero aún no podemos subir. Llega más gente. Abren las puertas, subimos todos. El viaje dura 18 minutos. Veo que ella baja primero, yo le observo caminar desde la ventanilla. Bajo del bus y veo aparcado un Porche Cayenne. Cada cual sigue su vida.

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