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CONOCEMOS A SUS DUEÑOS

Así es vivir con un perro potencialmente peligroso (PPP)

Conocemos a los dueños de los llamados PPP, los perros potencialmente peligrosos, y las normativas que rigen su tenencia.

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No conozco su nombre, pero me cruzo con él prácticamente a diario. Un poderoso e imponente pitbull a cuyo paso los viandantes se apartan sin disimulo. Mi perra, una galga de nueve años con un terrible pasado de maltrato a sus espaldas, no parece tenerle miedo alguno: se huelen, se mueven el rabo. Y amagan con salir corriendo para jugar. No pueden hacerlo: ambos van con correa.

En ese preciso instante, el dueño del pitbull da un respingo: se acerca una patrulla de la Policía Municipal. En apenas un segundo, saca de su bolsillo el bozal y se lo coloca a su compañero de cuatro patas, que lo acepta con resignación. “La multa que me cae es de aúpa”, me cuenta mientras confirma con la mirada que el coche ha pasado de largo. “Y es ridículo: ¿tú has visto lo bueno que es? Joder, si no sería capaz de morder ni a una mosca”.

En lo que respecta a los llamados perros potencialmente peligrosos (PPP), y como ocurre con otras tantas cosas, pagan justos por pecadores. Las noticias sobre ataques como los ocurridos recientemente en Madrid, en el que una madre y su hija murieron atacadas por sus dos perros, sendos dogos de Burdeos, contribuyen a hacer crecer el estigma.

Y las distintas ordenanzas contemplan cuantiosas multas: según la Consejería de Medio Ambiente, en 2017 y 2018 se impusieron 1.480 sanciones de carácter grave o muy grave en la Comunidad de Madrid, donde hay cesados casi 11.000 de estos canes. Las multas oscilaron entre los 2.400 y los 15.000 euros.

Pero, ¿qué es exactamente un PPP? El Real Decreto 287/2002 incluye en su articulado a los canes que, por sus atributos físicos y supuesta agresividad, pueden suponer un peligro potencial.

Y por ello regula fuertemente los requisitos para tener uno de estos animales: bozal (incluso cuando pasean atados), correa de menos de dos metros y una licencia que exige carecer de antecedentes penales graves, además un certificado de aptitud psicológica y un seguro de responsabilidad civil.

Las razas consideradas PPP son, además de los mencionados Pitbull y dogo de Burdeos, American Staffordshire, Bull Terrier, Presa Mallorquín, Fila Brasileño, Presa Canario, Bullmastiff, Pitbull, Rottweiller, Tosa Inu, Dogo Argentino, Doberman y Mastín Napolitano.

“Tiene que haber forma de prevenir sucesos tan dramáticos como los que han ocurrido recientemente en Madrid, pero es improbable que la solución sea la actual normativa PPP”, reflexiona Micaela Maza, de la web Sr. Perro.

“En otros países como Canadá o incluso en el Reino Unido -donde el Dangerous Dogs Act es aún más estricto-, llevan años diciendo que las leyes que discriminan en función de la raza no son efectivas. Lo dicen las grandes protectoras, que se ven obligadas a sacrificar a perros solo por su raza y lo dice el Kennel Club (la organización que registra los estándares de las distintas razas). Esa normativa no está cumpliendo la función con la que fue ideada: proteger a las personas y también a otros perros de posibles ataques de canes agresivos”.

En opinión de Maza, “ es más importante apostar por la educación canina y no sólo juzgar o legislar en función de la raza de los perros. Porque la raíz del problema la mayoría de las veces no está en el perro, sino en su dueño”.

Con eso y con todo, la fundadora de Sr. Perro considera que “la morfología de un can tampoco se puede ignorar, pero cualquier perro puede convertirse en un peligro si está mal socializado o está en un entorno en el que los humanos ignoran las señales de calma que esté haciendo. Ya no hablemos de si es educado directamente para ser agresivo, que de todo hay. Pero un Rottweiler o un Pitbull, por el mero hecho de serlo, no es automáticamente un perro peligroso”, advierte.

La información es clave. Y en ese aspecto, los medios tienen un papel protagonista. “No hacemos más que escuchar o leer noticias sobre Pitbulls que han hecho esto o lo otro, y eso acaba calando tanto en los que no tienen perro -que con frecuencia ni siquiera saben qué aspecto tienen los Pitbull y los confunden con Bóxers, con Bullterriers, etc.- como en los que sí lo tienen”, apunta Micaela Maza.

“Muchos se cambian de acera al ver un perro con aire de ser de una raza PPP. Lo malo es que se mezcla la realidad con el bulo, como sucede con cada vez más frecuencia en tantos y tantos ámbitos. Y los que sufren las consecuencias son, claro, los perros”, lamenta.

Ari, Cocó, Teddy, Fénix… Por la vida de Raquel Llorent ha pasado un elevado número de perros potencialmente peligrosos desde que hace 12 años adoptara al primero de ellos. Además, colabora con la protectora Dog City, “cuyo número de PPPs es, por desgracia, muy elevado”, cuenta.

“No definiría en ningún caso el carácter de un perro por su raza, pero mucho menos lo haría conforme a una lista arbitraría de atributos que los califica a todos como potencialmente peligrosos”, señala Raquel. “Cada animal, como cada persona, es un mundo. Como socióloga y psicóloga, no puedo obviar, además del componente genético, el enorme peso que supone el ambiente, lo vívido por el animal, el entorno en el que crece, la estimulación o educación recibida, en la conformación del carácter”.

Ricardo y Mónica conocen bien ese carácter. A sus manos llegó una cachorra de pibull que había sido abandonada, y que convivió con ellos durante un año hasta que le encontraron un hogar. “Era todo amor: súper alegre y divertida. Se llevaba bien con todos los perros y con los niños”, cuentan.

“Creemos que sabemos mucho de perros, pero en realidad sabemos muy poco”, opina Mónica. “La mayoría de gente no los trata bien. Y cuando se trata de un PPP, todavía peor. Los perros necesitan hacer ejercicio, correr sueltos, quemar energía… Si tienes un PPP y no le das más que una vuelta a la manzana sin dejar que se relacione con otros perros, lo que tienes es una bomba de relojería. Y da igual que sea un PPP que un caniche. Eso sí: los efectos de que te muerda un PPP son mucho peores, aunque estadísticamente muerdan mucho más los caniches”.

Raquel incide en este último punto. “A ninguno nos pasan desapercibidos la cantidad de perros tamaño mini que ves como locos, completamente descontrolados, ladrando como posesos. Perros que parece que se lanzan a todo lo que se mueve. Les ves y piensa “Si pesara 20 kilos más…”

Ricardo y Mónica lo tienen claro: “El que ha redactado la normativa actual sobre PPP no ha convivido jamás con uno”, asegura Mónica.

“Tener un seguro de responsabilidad civil y una licencia es positivo, pero para cualquier perro. Los PPP no son perros peligrosos, pero eso sí: no son perros para todo el mundo. Del mismo modo que una persona de 80 años quizá no debe tener un cachorro, un PPP no es adecuado para cualquiera. Y desgraciadamente son muchos quienes tienen uno para intimidar, sin atender a sus necesidades”.

Raquel va más allá: “En este aspecto, la ley es un chiste. La lista que integran los PPP carece del más mínimo rigor científico, ni tan siquiera estadístico”.

“Cuando se dan casos de ataques se culpa al perro en lugar de al dueño, que en realidad es el único responsable”, concluye Mónica. “De la misma manera que sería absurdo culpar a un niño que salta por una ventana, y no al adulto, la responsabilidad del comportamiento de un perro es única y exclusivamente de su dueño”.

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