Paqui tiene hoy sesenta y cuatro años y hace dos veranos se bañó en la playa cercana al piso donde pasa todas las vacaciones de agosto, la misma que no pisaba desde el año 2002 según sus cálculos: “Aquel año empecé a odiar mi cuerpo con un asco infinito".

"Siempre había sido rellenita pero ese año cuando empezó a acercarse el verano fui a comprarme un bañador nuevo y no me gustaba cómo me quedaba ninguno así que me desanimé muchísimo y se me quitaron las ganas. Es curioso que ahora con perspectiva veo fotos de aquella época y me parece que estoy estupenda pero me sentía fatal, horrible”, dice.

Pensaba que si iba a la playa, se bañaba y tomaba el sol como le había gustado hacer hasta entonces todo el mundo la iba a señalar como algo ridículo y que su propia familia se avergonzaría de ella.

“Para mi marido y mis hijos fue algo chocante, de repente las vacaciones implicaban drama. Yo había hablado ya sobre inseguridades físicas pero no a ese nivel. Empezaron a ir a la playa solos y no había discusión, pensaba que les estaba haciendo un favor. Yo sólo me acercaba a tomar algo al chiringuito, sentada y vestida, o a dar un paseo al atardecer. Así muchos años, pero ellos nunca dejaron de insistir, y se lo agradezco”, explica.

Porque llegó un punto en que Paqui cedió: “Fue sobre todo por mis hijos, que nunca se resignaron, al revés, se pusieron cada vez más pesados. Mi marido es que estaba en un dilema porque quería que se me quitara el complejo y disfrutara con ellos pero también quería respetar mis decisiones y cada vez que empezaba a intentar convencerme lo cortaba en seco. Pero mi hijo y mi hija llegó un momento en que ya eran mayores y no me hacían caso. Y no pararon hasta que lo consiguieron.”

Los argumentos de sus hijos fueron muy variados: “Hace dos veranos, la una por una oreja y el otro por la otra, venga a darme motivos para que me atreviese".

"Que yo no le debía nada a nadie, que pensara en cómo me veía en las fotos antiguas cuando en aquel momento había sido tan dura, que no fuese tan dura conmigo misma, que aquello no era una competición, que en las playas y las piscinas hay todo tipo de cuerpos y todos tienen el mismo derecho a estar, que les estaba dando muy mal ejemplo (eso me dolió mucho), que si toda la gente que no cumple con el supuesto cuerpo diez se esconde el mundo se vuelve cada vez un sitio más jodido, que estaba dejando ganar a las revistas de belleza que están llenas de crueldad, me dijeron también que yo siempre me las había dado de fuerte y que con eso estaba siendo débil de más”.

“Mi hija aprovechó el tirón de que yo parecía resignada a hacerles caso, me consiguió un bañador y bajamos a la playa esa misma mañana sin darle más vueltas. Si yo dudaba por un momento me repetían que me tenía que dar igual, que no pensara en nada hasta meterme en el agua. Lo hice aunque en el fondo le tenía terror, y en el momento de quitarme la ropa me puse muy nerviosa pero siguieron medio obligándome a seguir adelante. De camino al agua me sentía observada y monstruosa pero por otro lado con derecho a estar allí", nos dice.

"Veía diferentes cuerpos a mi alrededor, todo el mundo a lo suyo, y me parecía algo normal. Bañarnos juntos después de tantos años fue un momento muy feliz porque siempre me había gustado mucho el agua y se me había olvidado. Me sentía muy contenta, liberada y agradecida, me aficioné a volver a bajar sin pensar en el qué dirán y para toda la familia ha sido un alivio y una enorme alegría. Sin la insistencia de mis hijos no hubiera ocurrido”, añade.

Andrés, de cincuenta y dos años, nunca se había sentido tan seguro de su propio cuerpo como actualmente: “A mí nunca me gustó mi cuerpo, ya de niño se metían conmigo por delgado y pálido y me cansaba, a partir de la adolescencia dejé de llevar pantalones cortos para que no se me vieran las piernas finas y hasta la manga corta me daba rabia, me sentía más elegante tapado, me compensaba incluso en los días de más calor. Trataba de hacer ejercicio para ganar masa pero no era constante y me desanimaba. A partir de los cuarenta mi cuerpo se empezó a volver más ancho en general y me pareció que los resultados del ejercicio eran más visibles, por lo que me animé.”

Para Andrés la confianza en su propio aspecto provocada por estos cambios ha sido un factor decisivo pero la aceptación del entorno nunca deja de influir: “Desde entonces gané confianza y me bañé en la piscina con la familia y con los amigos. Fue liberador, agradable y divertido. Lo pasé tan bien que ya se convirtió en costumbre. Todo ha estado motivado por verme yo mejor, por gustarme más, pero por supuesto también está que ahora nadie se burla de mí como solía pasar porque eso me reventaba los nervios y me quitaba las ganas de todo.”

Sara, de treinta y dos años, siempre mantuvo una relación complicada con su propio cuerpo: “Me recuerdo incómoda desde niña, pero a partir de la adolescencia el verano era directamente un infierno. Me parecía que nada me quedaba bien y sólo me apetecía quedar en mi casa o la de mis amigas, sitios íntimos y cerrados. La piscina y la playa ni me las planteaba, eran planes en los que yo no participaba y eso me ponía triste, claro".

"No sólo por mi complejo sino porque siempre había risitas, comentarios despectivos, opiniones no deseadas, esas cosas de niñatos y de gente maleducada. Poco a poco me he ido aceptando y abriendo más, el apoyo de mis amigas ha sido importante y entre eso y haber perdido un poco de peso el año pasado me atreví a ir a la playa. Me veía mejor y me sentía blindada por mi pandilla”, afirma.

El día antes de la excursión pactada a la playa, Sara estaba muy nerviosa: “Apenas dormí. Estaba ilusionada pero también aterrorizada. Me levanté de la cama y me probé el bañador dos veces durante la noche. Pensaba en todo lo malo que podía ocurrir y en los puntos débiles de mi físico. Hacía poco que yo había empezado a enseñar las piernas en verano, antes solía ir tapada y esas cosas que pueden ser muy normales para mí eran nuevas. También recordaba lo bueno de la playa y me sentía decidida".

"Aunque me sentí insegura varias veces, me alegré de haber ido. Estábamos a lo nuestro y no pasó nada feo. Si hubiera pasado, sé que entre todas hubiéramos hecho piña. Es muy importante sentirme apoyada y protegida por mi gente. A estas alturas he ganado tanta confianza que puedo hasta estar sola en la playa o la piscina, quién me lo iba a decir. Ahora tengo claro que sea como sea mi cuerpo eso nadie me lo puede quitar”, se reafirma.