HASTA LOS FAMOSOS LUCEN SUS BRACKETS CON ORGULLO

HASTA LOS FAMOSOS LUCEN SUS BRACKETS CON ORGULLO

Así es ponerse aparato en los dientes a los treinta y tantos

Hablamos con adultos que nos cuentan cómo se vive con la boca llena de hierros. En los 80 y 90 era cosa de niños. Ahora hasta los famosos lucen ortodoncia con orgullo. ¿Merece la pena?

Aparato bucal
Aparato bucal | Agencias

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | Actualizado el 31/07/2018 a las 19:53 horas

Lo recuerdo como si fuera ayer. Esa sensación de la lengua rozando el metal. Esa presión en toda la mandíbula, que se hacía especialmente insoportable durante la noche. Y sobre todo, ese aspecto extraño e inquietante que yo mismo pensaba que mostraba al mundo entero cada vez que sonreía.

Sí: yo fui uno de esos preadolescentes que, recién estrenados los años 90, llevó aparato. Aunque lo mío no fue para tanto: tras evaluar mis paletos superiores, que habían alcanzado una desviación más propia de un roedor que de un niño humano, mi dentista decidió que era suficiente con un aparato de quita y pon, y no uno de los monstruosos brackets que convertían a mis compañeros de clase en ferreterías andantes. Me dio una bolsita ridícula para colgarme al cuello y guardarlo cuando comiese, y durante los meses siguientes me hizo pasar cada jueves por la consulta para apretarme el pertinente tornillo y llevar a mis infantiles piezas dentales a la ansiada rectitud.

Hoy la ortodoncia ha cambiado de manera sustancial. Ya no son sólo los niños los que llevan aparato, sino prácticamente cualquier persona, independientemente de su edad. Los aparatos son infinitamente más llevaderos, y los avances técnicos han posibilitado que existan modalidades de ortodoncia prácticamente invisibles. Incluso famosos como Tom Cruise, Beyoncé o el campechano y emérito rey Juan Carlos los han lucido públicamente, haciendo que algunos llegasen a especular con la posibilidad de que el aparato se pusiera de moda.

Empecemos por ahí: de moda nada. La ortodoncia es una mierda, y así lo subrayan todas y cada una de las personas con las que he hablado del tema. Duele, es caro y es feo, por mucho que existan brackets de colores. Llevar aparato tiene nada de guay, más allá de la dentadura perfecta que te va a quedar cuando te lo quiten. Así que si estás pensando en ponértelo, ten claro que vas a contar las horas para que termine esa tortura. Y no son pocas: el tratamiento medio dura en torno a los dos años.

“Todo es malo”, confirma María, de 37 años, con cierta resignación. “Y además se va complicando poco a poco: cada vez que vas al dentista te añade algo más. Y menos mal que es así, porque de lo contrario imagino que no durarías ni un mes con ello puesto. Yo me tiré el primero contando los días. Más adelante notas que tus dientes empiezan a moverse y mola: es motivador. Tras eso, todo va más lento y es desesperante. Dicen que llega un momento en que te acostumbras y dejas de verte el aparato, pero a mí eso no me ha pasado”.

“¡Venga, di que los Foo Fighters firman discos en en la Fnac!

Luego está, claro, la incomodidad de vivir con una estructura metálica en la boca, un órgano que no fue precisamente pensado para ello. “Los brackets abultan bastante, y te cambia la cara hasta con la boca cerrada”, confirma María. “También dificulta la pronunciación de alguna letra, que en mi caso era la efe. Recuerdo que mi jefe me tomaba el pelo diciéndome: “¡Venga, di que los Foo Fighters firman discos en en la Fnac! Qué cabrón”.

Pese a todo lo negativo, y cuando falta poco tiempo para que se lo quiten, María lo tiene claro: “A día de hoy no me arrepiento. Cuando me preguntan si lo recomiendo, cuento todo lo malo. Si aun sabiéndolo te quedan ganas, adelante”. Una decisión en la que también influye, claro está, el aspecto económico: un tratamiento completo como el suyo ronda los 2.300 euros.

Laura, de 33 años, también tomó esa decisión. Pero al contrario que María, acaba de empezar. “Lo llevo bien. Con molestias y acostumbrándome a no poder comer ciertas cosas, una limitación que en Navidades ha sido todo un reto. Lo que más me ha costado es no sentirme ridícula al cruzarme con alguna chavala de 15 años que también lo lleva. Pero reconforta encontrarse con gente con más de 40 años que se lo ha puesto o se lo va a poner”.

¿Los motivos? “Nunca he tenido bien los dientes de abajo, aunque no tenía problema ni me creaba complejos”, cuenta Laura. “Pero hace un año se me empezó a mover un diente arriba y me generó inseguridad. Sobre todo, tras saber que a cualquier edad se pueden producir problemas que van más allá de la estética”.

María reconoce que la estética prima más de lo que al principio se decía a sí misma. “A la hora de tomar la decisión primó el tema de la salud, pues mi dentadura era un desastre. Pero después me di cuenta que la estética estaba más presente de lo que yo creía. Quizá me negaba a reconocer que mis dientes sí me acomplejaban un poco”.

En esa diatriba entre salud y estética reside buena parte de la cuestión. ¿Ponerse aparato obedece sólo a querer lucir una mejor sonrisa o hay detrás motivos médicos que lo justifiquen? Natalia, ortodoncista cordobesa, lo deja claro: “La estética manda. La gente viene porque tiene mal los dientes o porque no le gustan los dientes del niño”.

Eso sí: Natalia recuerda que la ortodoncia no nació para vernos mejor, sino para vivir mejor. “Una mordida correcta es fundamental, pues no triturar los alimentos correctamente puede derivar en problemas del aparato digestivo. También a la hora de respirar: hay gente que tiene un paladar muy estrecho, lo que si no se trata, preferiblemente a una edad temprana, puede derivar en enfermedades respiratorias como la apnea del sueño”.

Dicho esto, ¿aparato a estas alturas, sí o no? Es tu decisión como adulto. Y bien está que así sea, porque a mí no me preguntaron mi opinión al ponérmelo. Incluso llevé religiosamente aquella vergonzante bolsita al cuello para guardar el artefacto en cuestión.

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