ELECCIONES GENERALES

ELECCIONES GENERALES

Así es pasarse el día en una mesa electoral

Se acercan las elecciones. Y con ellas, la posibilidad de que te toque estar en una mesa electoral. Hablamos con los que en alguna ocasión (o varias) han tenido la ‘suerte’ de disfrutar de la fiesta de la democracia en primera persona.

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Es uno de los momentos más temidos cuando se acercan las elecciones: en el buzón hay una carta para ti… y no se trata de la clásica propaganda de los partidos políticos. Enhorabuena: te toca cumplir con tu deber como ciudadano y acudir a una mesa electoral.

Tener que ir a la mesa en el colegio electoral de tu barrio es lo más parecido al servicio militar para los que nunca conocieron la mili: una obligación que no puedes eludir, bajo riesgo de cometer un delito electoral que acarrea una sanción de tres a doce meses de prisión o una multa que puede llegar a los 3.000 euros.

En el lado contrario de la balanza, la contraprestación económica: pasarse el día viéndole la cara a tus vecinos, leyendo sus nombres y apellidos y contando votos tiene premio: en concreto, algo más de 60 euros, que se suman a las cinco horas de descanso a las que tienes derecho al día siguiente. Para algunos, lo mínimo tras una jornada extenuarte. Para otros, una auténtica miseria acorde a la precariedad que sufren buena parte de los trabajadores del país.

Una mesa electoral está formada por tres personas: el presidente y dos vocalías. Aparte, debe haber otros seis suplentes por si falla alguno de ellos. Todos han de estar a las ocho de la mañana (ni un minuto más tarde), para comprobar que el material necesario está listo: la documentación, las urnas -cerradas y precintadas, las cabinas de votación y, claro está, las papeletas de todos y cada uno de los partidos. Tras ello, se constituye la mesa y, a las nueve de la mañana, se abren las puertas para que voten los más madrugadores.

¿Hay posibilidad de librarse? Pocas. Entre lo que se puede esgrimir como argumento para conseguirlo, ser mayor de 65 años, estar embarazada de más de 6 meses (o estar en periodo de lactancia), tener alguna operación médica programada en los días inmediatamente anteriores o posteriores o no saber leer ni escribir.

“Estar en una mesa electoral es horrible”, cuenta Blanca, que ha recibido la temida carta en dos ocasiones. “La primera vez fue tenía unos 19 años. Me tocó de suplente, así que sólo fue cuestión de ir al colegio electoral y, tras constituirse la mesa, volverme a casa”. Eso sí: en ese caso no se cobra.

La segunda fue peor. “Eran las generales de 2016 y estábamos en verano, en plena ola de calor y sin aire acondicionado”, recuerda. “Me tocó también como suplente, pero al llegar al colegio resulta que todos éramos suplentes”. La policía nos dio un sobre y allí mismo me enteré de que me tocaba estar todo el día: estuve allí de ocho de la mañana hasta casi las doce de la noche. Creo en la democracia, pero esto hay que mejorarlo urgentemente”.

Juan también fue como suplente, pero no tuvo tanta suerte como Blanca en su primera cita con la mesa electoral. “El titular no vino, y me tocó quedarme todo el día”, recuerda con pesar. “Había salido la noche anterior y llegué de empalmada: apestaba a tabaco y alcohol: pedí irme a casa, pero lógicamente no se me permitió. Me entrevistaron los interventores para comprobar si estaba en condiciones… y decidieron que sí”, cuenta. “A eso de las 11 comencé a encontrarme mejor”.

Lo que parecía que iba a ser un infierno resultó no ser para tanto. “Al final hasta me lo pasé bien”, reconoce Juan. “Vinieron un par de personas aún más pedo que yo”. ¿Lo peor? “Los interventores y apoderados de los partidos”, cuenta. “Gente muy crispada: eran las segundas elecciones de Zapatero y había mucha tensión. Ah, y la roña que tiene la gente en el DNI. ¡Es increíble! Pero en general la experiencia fue curiosa. Algo que está bien hacer una vez en la vida”.

Altamira ha recibido la carta no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces. Y sólo en una ocasión pudo librarse de acudir a la mesa electoral por estar en periodo de lactancia. Como Juan, considera la experiencia “sociológicamente interesante”. “Debe ser que soy rara”, bromea.

“Recuerdo que la primera vez que estuve en la mesa salió un número de votos a Herri Batasuna fuera de lo normal”, cuenta. “En aquel momento España vivía un serio problema con el terrorismo de ETA, y resultaba bastante extraño tratándose de un colegio electoral de Cuatro Caminos, en Madrid. En cambio, cuando vivía en el distrito Retiro era todo voto del PP: casi sabías de qué vecino era cada voto que no era azul”.

“Me han llamado para estar en la mesa en tres ocasiones”, cuenta Miguel. “Y siempre me han pasado cosas curiosas. Una vez, una señora vio que llevaba el pelo largo y me dijo que, como no tenía pinta de votar al PP, si lo hacía me regalaba un rosario”, recuerda.

Hace cuatro años, Miguel vivió una situación aún más anómala. De esas que hacen sacar las uñas a los representantes de los partidos. “Los votos a Podemos subieron mucho. Al hacer el recuento no cuadraban, por los que se impugnó la mesa. Al final aparecieron las papeletas que faltaban: curiosamente, tiradas en una esquina. Un interventor del PP nos dijo por lo bajini que había que contarlos como votos en blanco. Otro de IU nos intentaba convencer de que eran nulos. Cada uno tiraba a lo que mejor le venía. Al final los votos acabaron siendo debidamente contabilizados”.

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