Hablamos con profesores de autoescuela

Hablamos con profesores de autoescuela

Alumnos torpes, examinadores implacables: Así es trabajar como profesor de autoescuela

Alumnos torpes, examinadores implacables y todo una vida en el asiento del copiloto o enseñando a tomar debidamente las rotondas. Hablamos con profesores de autoescuela para que nos cuenten cómo es su día a día.

Los que nos sacamos el carné de conducir hace 10, 15 o más años casi hemos olvidado el suplicio que puede llegar a suponer, tanto desde el punto de vista económico como emocional. Si encima tuvimos la suerte de nuestra parte, como fue mi caso, y aprobamos a la primera tanto el teórico como el práctico, esa página queda irremediablemente atrás. Felizmente sepultada en algún rincón de la memoria.

La realidad es que sacarse el carné de conducir no es fácil. Para algunos llega incluso a suponer un auténtico trauma y un agujero de dimensiones titánicas en el bolsillo. No son pocos los amigos y conocidos que han vivido con notable angustia el hecho de suspender una vez tras otra.

“Esto es un negocio muy bien montado”, se quejó recientemente una amiga que ha perdido la cuenta de las veces que se ha presentado. “Los profesores de autoescuela están conchabadados con tráfico para sacarnos el dinero. En otros países es mucho más fácil, rápido y barato sacarse el carné”.

¿Hasta qué punto es así? Y yendo incluso un poco más allá: ¿cómo es la vida y el día a día de un profesor de autoescuela? ¿Cuáles son los desafíos a los que se tienen que enfrentar en su día a día?

“Llevo 40 años en este trabajo: empecé con 23”, me cuenta Lorenzo, el que fuera mi profesor de autoescuela hace más de 15 años. “Cada año pasan por mis manos unos 70 alumnos. Y sí: el 90% aprueban. Sólo las personas con problemas de déficit de atención lo tienen más difícil”, asegura.

Los profesores de autoescuela, como casi todos, han vivido tiempos mejores. “La crisis fue dura”, recuerda Lorenzo. “Había incluso profesores que se tenían que pagar su propio gasoil. Yo mismo ganaba más que ahora. Pero lo cierto es que nunca fue una profesión bien pagada: en este gremio se vive mal. Ahora, que sólo me quedan dos años para jubilarme, ya no me quedan ganas de pelearme por un mayor reconocimiento”.

Almudena lleva algo menos siendo profesora: 17 años. Desde hace 9 es dueña de su propia autoescuela. “El sueldo base es ridículo: si hacemos la jornada normal de 8 horas apenas llegamos el salario mínimo profesional, especialmente si tienes tu propio negocio. La realidad es que la mayoría trabajamos muchas más horas. Hoy por hoy un profesor cobra unos 5 euros por clase”, cuenta.

¿Y para el alumno? ¿Es demasiado caro? “El proceso de aprendizaje implica gastarse dinero porque necesitas una persona para ti solo”, reflexiona Lorenzo.

“No es como el teórico, que das clase a 30 alumnos a la vez. Así que creo que el sistema no es caro”, asevera. Eso, claro está, si no se atasca. “Conozco gente que se ha examinado 15 veces y ha acabado sacándoselo en el pueblo”, apunta Almudena.

“Cualquiera que se aplique un poquito y se ponga las pilas está capacitado para aprobar”, asegura Juan, que hasta hace dos años trabajaba en el sector de la hostelería y ahora se ha convertido en profesor de autoescuela. En su caso no se pone al volante, sino que se dedica a preparar a los alumnos para el examen teórico.

“Sí, se gana poco”, apunta, “pero vivo infinitamente más tranquilo que cuando trabajaba en hostelería, y con horarios mucho más razonables”.

Como todos los trabajos, hay cosas mejores y peores. “Creo que es un trabajo bonito: lo mejor es conocer gente”, asegura Lorenzo. Juan, por su parte, asegura que le encanta “ayudar a los chavales”. Lo peor, a menudo, son algunos padres.

“Hay quien viene a reprocharte que no es justo que su hijo o hija haya suspendido. ¡Pero si es un test! Incluso una madre me dijo que todo era parte de una conspiración entre las autoescuelas y la DGT. Que había leído en un foro que nadie aprobaba a la primera. ¿No será que los que sí aprueban no se quejan en un foro?” se pregunta con ironía.

Y es que suspender no es plato de buen gusto para nadie. Tampoco para los profesores. “Creo que eso es precisamente lo peor de este trabajo: la frustración que te llevas a casa cuando no aprueban”, reconoce Almudena.

“Se pasa mal, porque estás con ellos durante varios meses 45 minutos al día y creas un vínculo importante”.

Precisamente, la importancia de ese vínculo es la que lleva a muchos alumnos hasta Almudena: “Muchos alumnos, especialmente las chicas, prefieren a una mujer de profesora que a un hombre”, explica.

“Porque muchas han tenido malas experiencias con profesores que les han gritado. Es cierto que este trabajo puede quemar, pero nunca está justificado levantarle la voz a un alumno”, apunta Almudena, que señala los posos de machismo que aún siguen enquistados cuando es una mujer la que conduce.

Ella misma sufrió en su propia piel ese machismo. “Salvo el de moto, tengo todos los permisos”, cuenta.

“Cuando me saqué el de camión, el examinador me llegó a decir que no entendía para qué quiere una mujer conducir en autobús en lugar de estar en casa con los niños. Mi profesor contestó: ‘a lo mejor quiere llevar a los niños en bus al cole’. Y fue en 2002: no hace tanto tiempo”.

Una vez en la carretera, Lorenzo descarta la vigencia de las viejas y rancias guerras de sexos al volante. “Hoy por hoy, te montas en un coche y las putadas te las hacen hombres y mujeres por igual”, asegura Lorenzo.

Almudena lo comparte al 100%: “como todo en la vida, esto no tiene nada que ver con si eres hombre o mujer, sino de las aptitudes y actitudes de cada persona”.

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | 08/02/2019

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