Actualmente, se calcula que hay aproximadamente 40.000 monjas de clausura repartidas por conventos y monasterios de todo el mundo y, claro, el Vaticano es consciente de que, al final, con tantos canales de comunicación social como existen, les pueden llegar informaciones y sentirse tentadas a exponerse públicamente.

El ejemplo más claro lo hemos visto con la reciente sentencia del caso de La Manada, donde una monja de clausura de Hondarribia colgó una carta en un perfil bajo el nombre de la congregación a la que pertenece y en la que hablaba de la indignación que le había supuesto la condena.

En el documento publicado en la página web del Vaticano, se pueden ver recomendaciones que el propio papa Francisco les hace a las monjas de clausura.

Primero con una advertencia de lo que puede pasar: “La normativa sobre los medios de comunicación social, en la gran variedad que se nos presenta actualmente, tiene por objeto la salvaguardia del recogimiento y del silencio: se puede, en efecto, vaciar el silencio contemplativo cuando se llena la clausura de ruidos, de noticias y de palabras”.

Después, con una recomendación: “Estos medios, por lo tanto, se deben usar con sobriedad y criterio, no sólo respecto a los contenidos sino también a la cantidad de informaciones y al tipo de comunicación, ‘para que estén al servicio de la formación para la vida contemplativa y de las necesarias comunicaciones, y no sean ocasión para la distracción y la evasión de la vida fraterna en comunidad, ni sean nocivos para vuestra vocación o se conviertan en obstáculo para vuestra vida enteramente dedicada a la contemplación’”.

Y, por último, estas “normas” también explican que el uso de los medios de comunicación “por razones de información, de formación o de trabajo, se puede permitir en el monasterio, con prudente discernimiento, para utilidad común” y, en definitiva, para “ escoger las noticias que son esenciales a la luz de Dios, para llevarlas a la oración, en sintonía con el corazón de Cristo”.