Aunque aún es pronto para ponerse apocalípticos, tanto Gartner como IDC tienen dudas sobre el futuro de las tabletas. Las ventas cayeron en el último trimestre de 2014 respecto al mismo período del año anterior -en la que fue la primera caída desde el nacimiento de este mercado- y las expectativas no son buenas. Los usuarios están saturados. Y no nos extraña.

Las tabletas son aburridas. Hay que decirlo más. Da igual que se trate del nuevo iPad, la gama alta de Samsung o algo más barato (y también de Samsung); sencillamente, no ofrecen algo nuevo. Su principal característica, un formato de forma revolucionario, ya se ha quedado viejo y pasados unos años no parece que vayan a imponerse a los portátiles en los entornos de trabajo. Se puede intentar, claro, pero supone un esfuerzo... y la tecnología no va de eso.

Por supuesto, al final todo depende de las necesidades de cada usuario y del consumo de contenido multimedia -que es como dicen 'aplicaciones, vídeos de YouTube y Netflix' los gurús- de cada persona, pero la tónica general es la misma: nos hemos cansado de esperar a Godot. Principalmente, porque sospechamos que no llegará nunca.

De todos modos, hay que ser justos y debemos reconocer que las tabletas no tienen toda la culpa. De acuerdo, ellas podrían haber aportado algo más -no me pregunten qué, porque si lo supiese cobraría bastante más-, pero el mercado no ha ayudado. Con televisores inteligentes, portátiles cada vez más cercanos a sus medidas de supermodelo y teléfonos con pantallas cada vez más grandes, los rivales fagocitan el ya de por sí delicado ecosistema en el que vivían estos dispositivos.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que hayamos dejado de utilizarlas. Están ahí y recurrimos a ellas desde el sofá para que sean la segunda pantalla que aúna el mundo virtual y el real cuando las 5 pulgadas del móvil son insuficientes. Sin embargo, a la hora de viajar hemos comprendido que son un sistema de entretenimiento con sus limitaciones técnicas (no siempre habrá WiFi y la versión 3G es más cara, así que muchos renunciamos a ella) y de contenido. Y esta es la clave.

Cuando se presentó el primer iPad, la principal crítica que recibió Apple fue que no era más que un iPhone grande. Y tal vez algún trabajador de las oficinas de Cupertino dejó de contar fajos de billetes durante unos segundos para preguntarse si tendrían razón. Pues la tenían. No hay contenido exclusivo que justifique la compra de una tableta y no hay usos que justifiquen usar uno de estos aparatos para hacer una foto de la Sagrada Familia.

Lo curioso de todo esto es que, a pesar de ello, las tabletas pueden ser el futuro. ¿Quién no ha escuchado la historia de un niño que hace zoom de forma natural en su pantalla táctil? No andábamos descaminados cuando queríamos que cada alumno tuviese una, porque la tecnología debe llegar a las aulas. El problema es que, ahora que han llegado, no sabemos qué hacer con ellas. Pero, como decíamos, no tienen la culpa.