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¿QUIÉN DEMONIOS SIGUE USANDO ESTE NAVEGADOR?

Internet Explorer, la pesadilla de los desarrolladores

El navegador instalado por defecto en los Windows es un serio trastorno para muchos programadores: su lentitud a la hora de actualizarse hace que dé muchos fallos, aunque sigue teniendo que mantenerse su funcionamiento porque aún muchos usuarios lo utilizan.

Iconos de los principales navegadores

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Desde hace un par de años triunfa en la Red una sencilla viñeta que evidencia lo que muchos piensan de Internet Explorer. En ella los cuatro navegadores mayoritarios (Chrome, Firefox, Explorer y Safari) están juntos y, antes preguntas de '¿qué somos?' y '¿qué queremos?', los navegadores responden entusiasmados... todos, menos el Explorer, que cuando llega la tercera pregunta ('¿y cuándo lo queremos?') responde a la primera.

Contado tiene mucha menos gracia, claro. Lo gracioso es verlo:

Lo malo de Internet Explorer no es que sea mejor o peor, que eso también, sino que sea obligatorio. Como Safari. Son los navegadores preinstalados de equipos con Windows u OS, y por defecto todo se abre ahí. Al menos, hasta que lo cambias.

Y eso es precisamente lo que evidencia que hay un problema: que lo cambias. Una de las primeras cosas que hace un creciente número de millones de usuarios es cambiar de navegador, en una de las operaciones de infidelidad más llamativas del mundo tecnológico: abres un navegador para descargarte e instalar otro, cierras el primer navegador e intentas no volver a abrirlo jamás.

Las opciones alternativas son las ya citadas. Por una parte el Firefox de Mozilla, un proyecto abierto y sobre el que se han programado gran cantidad de arquitecturas online. Hubo un tiempo en que era algo lento y pesado, pero por lo general ha resultado ser estable y funcional.

Y por otra el auténtico rey, el Chrome de Google. Cuando nació presumía de ser rapidísimo, y lo era, pero es que con el tiempo ha añadido algunas funcionalidades que lo han convertido más en un sistema operativo online que en un navegador: aplicaciones web, posibilidad de almacenar preferencias, marcadores y programas en la nube y, claro, todo el poder que da tener a Google detrás.

Por eso el reparto del poder en el mundo digital ha ido cambiando: de la obligatoriedad y el estándar de usar Internet Explorer o Safari, a las opciones no sólo fiables sino mejores (esto va según gustos) de Mozilla y Chrome.

Ahora mismo la enorme mayoría de países desarrollados tiene en el Chrome su primera opción: EEUU y toda América, toda Europa, Rusia, Australia, Oriente Próximo y el norte de África. Sólo hay pequeñas islas donde hay otros líderes: Firefox en centroeuropa, el centro de África, el sudeste asiático y la parte insular de Oceanía.

Las áreas de dominio de Internet Explorer son exiguas: sólo China, donde la gran mayoría de los ordenadores usan una ya desfasada e insegura versión XP de Windows y Japón son plazas importantes. Groenlandia, algunos países africanos y zonas de Oceanía completan un exiguo botín cuando antes todo el mapa del mundo era azul.

¿Cuál es el problema de Explorer? Que es lento, que está sobrecargado de cosas inútiles de inicio (enlaces a MSN, accesos directos, motores de búsqueda como Bing que en Europa apenas se usan...). Además, la mayoría de complementos, plugins o desarrollos mínimamente avanzados no funcionan, y eso por no entrar en lo inestable que resulta.

A la gente no le gusta que decidan por ella y eso de abrir el navegador y (cuando consigues abrirlo) que MSN sea la página de inicio es demasiado de los noventa. Y ya cuando buscas y el entorno es Bing... apaga y vámonos.

Es verdad que el navegador ha ido mejorando en sus últimas versiones, pero en unos cinco años ha caminado apenas unos metros cuando sus competidores han recorrido miles de kilómetros.

Sólo tres cosas salvan a Internet Explorer. La primera, que los certificados oficiales y de seguridad suelen funcionar bien sólo en ese entorno (papeleos con la Administración, por ejemplo). La segunda, que muchísimos usuarios con conocimientos limitados de tecnología como para optar por otros navegadores lo usan porque es el que viene por defecto. La tercera, que no se puede borrar, o al menos no del todo.

El resultado de todo esto es que muchas veces, a la hora de hacer algún entorno digital, programar una aplicación online o desarrollar una página web, se trabaje directamente en otro navegador... y la sorpresa llega cuando alguien del equipo se acuerda de ver cómo va quedando la cosa en Internet Explorer. La respuesta casi siempre es la misma: lo que funciona a la perfección en los otros tres navegadores aquí no se ve.

Pero, volviendo al punto uno y el punto dos, aún millones de personas usan Internet Explorer. Al menos hasta que no se solvente el punto tres. O, mucho mejor, que se pongan las pilas en Microsoft y hagan de él un navegador que dé más soluciones que problemas.

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