La escena futurista de un vehículo que se conduce solo, sin un humano al volante (o directamente sin volante) está ahora mismo tan cerca de la realidad que ha dejado de parecer ciencia ficción. Todos hemos visto las imágenes del niño entusiasmado y las ancianas ojipláticas probando el coche autónomo de Google, aunque todavía son muchos los obstáculos que estos robots de cuatro ruedas tendrán que superar antes de invadir las carreteras.

A las dificultades legales y la amenaza de los ciberataques se suma el argumento casi irrebatible que esgrimen los ejecutivos de la industria del automóvil: mayoritariamente, nos gusta conducir. Por todas estas razones parece difícil que los vehículos inteligentes lleguen a arrebatarnos los pedales, pero hay también un fundamento poderoso que invita a defender lo contrario: al sacar de la ecuación el error humano, los accidentes de tráfico se reducirían drásticamente.

Por un lado, con un ordenador tras las riendas, el coche mantendría siempre una velocidad acorde a la norma y las condiciones del trazado, una distancia segura respecto al resto de vehículos y un riguroso cumplimiento de las señales de tráfico. Por otro lado, podría seguir indicaciones adicionales en aras de la seguridad de los más jóvenes. Los automóviles inteligentes, igual que los ordenadores, móviles o videoconsolas, podrán (y deberán) tener control parental.

Decimos “deberán” porque un reciente estudio de la Universidad Carnegie Mellon ha revelado que una amplia mayoría de los consumidores está a favor de implementar algún mecanismo de supervisión por parte de los padres en los inteligentes coches del futuro.

La facultad de ingeniería de este centro, que lleva treinta años liderando la investigación en vehículos autónomos, ha encuestado a 1.000 personas de distintas edades, hombres y mujeres, acerca de las medidas de control parental que implantarían (caso de los padres) o aceptarían (caso de los hijos) en su futuro coche inteligente.

El coche inteligente de la Universidad Carnegie Mellon

La más populares son el control de velocidad, el toque de queda (una hora a partir de la cual el coche no se mueve) y la limitación del número de pasajeros, que agradan al 84% de los participantes, con más tirón entre las mujeres (87%) y entre las personas mayores de 66 años (91%). No obstante, los jóvenes entre 18 y 24 también aprueban mayoritariamente (81%) estas medidas de seguridad.

Algo menor es el respaldo que obtienen las restricciones geográficas, que permitirían a los padres fijar una distancia máxima que sus hijos podrían recorrer abordo del vehículo. El 61% de los encuestados se muestran a favor, aunque esta vez el porcentaje sí disminuye sensiblemente en la franja entre los 18 y los 24 años (hasta el 54%).

Una pantalla que permita a los padres comunicarse con el conductor, otro sistema de control parental propuesto por los investigadores de Carnegie Mellon, parece tener mejor acogida entre los jóvenes (un 69% está dispuesto a llevarlo en sus futuros coches), tal vez por ser más indirecto o menos restrictivo. Sin embargo, los participantes entre 56 y 65 años descartan en mayor medida esta opción, que solo el 53% considera efectiva.

En cualquier caso, y más allá de las conclusiones del estudio, los hijos siempre han encontrado el modo de esquivar las cortapisas de sus padres. Lo hacen para visitar esos rincones de internet de los que sus progenitores prefieren mantenerlos alejados y lo harán, seguramente, para viajar en sus vehículos sin conductor las horas que quieran, con quien les apetezca y a donde les plazca.

Si un chico de 14 años fue capaz de 'hackear' un coche inteligente en un evento de ciberseguridad, qué no podrán hacer millones de adolescentes sometidos al control de sus mayores. Ya se sabe: hecha la ley, hecha la trampa (por muy listos que se crean los robots de cuatro ruedas).