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Por qué no deberías ir directo a la ducha al terminar de entrenar

El cuerpo sigue “trabajando” unos minutos después de acabar el ejercicio, y cortarle ese proceso de golpe puede hacer que la recuperación sea peor y que incluso te sientas más mareado o incómodo.

Mujer entrenando con pesas

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Después de entrenar todos tenemos la misma tentación: salir disparados a la ducha para quitarnos el sudor cuanto antes. Pero ese impulso tan automático no siempre juega a nuestro favor. El cuerpo sigue "trabajando" unos minutos después de acabar el ejercicio, y cortarle ese proceso de golpe puede hacer que la recuperación sea peor y que incluso te sientas más mareado o incómodo.

Durante el entrenamiento, la temperatura corporal sube y el cuerpo activa su sistema de refrigeración: abre los vasos sanguíneos y produce sudor para ayudar a enfriar poco a poco. Si justo al terminar te metes bajo el agua —sobre todo si está fría—, ese mecanismo se interrumpe de forma brusca. ¿El resultado? Tu sistema de regulación térmica se descoloca y puedes notar mareos, bajones o esa sensación rara de "me estoy quedando sin aire". No es que la ducha sea mala: es que llega demasiado pronto.

Además, el sudor cumple una función más allá de refrescarte: permite que el cuerpo expulse toxinas y termine de estabilizarse. Si te duchas antes de que acabe ese proceso, es muy probable que sigas sudando después del baño, simplemente porque la piel aún no había terminado su trabajo.

La recomendación más práctica es sencilla: espera unos 15 minutos antes de ducharte. Aprovecha para beber agua, estirar, recoger tus cosas o charlar un poco. Ese pequeño margen hace que tu cuerpo cierre su ciclo natural y que, ahora sí, la ducha sea de verdad reparadora.

Después de ese breve tiempo de espera, la ducha no solo resulta más agradable, sino también más efectiva. El cuerpo ya ha empezado a bajar pulsaciones, la respiración se ha normalizado y la temperatura interna está más cerca de su punto habitual. En ese contexto, el agua ayuda a relajar los músculos, reduce la sensación de rigidez y contribuye a una recuperación más progresiva, en lugar de generar un contraste brusco que obligue al organismo a reajustarse de nuevo.

También es una cuestión de escuchar las señales del propio cuerpo. No todos los entrenamientos ni todas las personas reaccionan igual, pero respetar ese margen tras el esfuerzo físico es una forma sencilla de cuidarse mejor. Convertir esos minutos posteriores al ejercicio en un ritual de calma —hidratarse, moverse con suavidad, respirar hondo— marca la diferencia entre acabar agotado y acabar con la sensación de haber hecho algo realmente beneficioso para la salud.

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