SEGÚN UN ESTUDIO
Las personas con obesidad podrían tener un mayor riesgo de demencia
Un estudio científico señala una relación causal entre dos de las mayores epidemias de la actualidad.

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Obesidad y demencia son dos de las crisis de salud pública más importantes de nuestro tiempo. Por un lado, la obesidad ha alcanzado niveles epidémicos: se estima que hoy más de 1.000 millones de personas adultas viven con obesidad y unos 2.500 millones tienen sobrepeso, de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud. Se trata de cifras que han aumentado rápidamente en las últimas décadas y que podrían seguir creciendo si no hay acciones globales firmes. Por otro, la demencia, un término que engloba trastornos como el Alzheimer y las demencias vasculares que deterioran progresivamente la memoria, el pensamiento y la conducta, afectan de forma directa a unos 60 millones de personas, según la OMS, y a más de 300 millones de forma indirecta (familiares, cuidadores, etc.). Por si fuera poco, cada año se detectan casi 10 millones de casos nuevos.
Aunque hasta hace poco se veía a la obesidad y a la demencia como problemas distintos, un nuevo estudio publicado en The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism sugiere que tener sobrepeso u obesidad y presión arterial alta no son solo factores de riesgo asociados, sino causas directas de demencia. Los autores, liderados por Ruth Frikke-Schmidt, utilizaron una técnica estadística avanzada llamada randomización mendeliana, que imita un ensayo clínico aleatorizado usando variaciones genéticas relacionadas con el índice de masa corporal (IMC), y pudieron establecer una relación de causalidad entre mayor peso corporal y mayor riesgo de demencia.
"En este estudio, descubrimos que un IMC alto y la presión arterial alta son causas directas de demencia - señala Frikke-Schmidt -. El tratamiento y la prevención del IMC elevado y de la presión arterial alta representan una oportunidad desaprovechada para la prevención de la demencia.”
La relación entre obesidad y demencia no es solo estadística, sino también fisiológica. La obesidad es un estado metabólico que con frecuencia se acompaña de inflamación sistémica, resistencia a la insulina, disfunción vascular y estrés oxidativo —todos ellos mecanismos implicados en el daño neuronal y en la reducción del flujo sanguíneo cerebral.
El diseño aleatorio del estudio permitió minimizar efectos confusos, como estilo de vida, dieta o educación, y centrarse en cómo una mayor propensión genética al sobrepeso se traduce en mayor riesgo de demencia. Pero el proceso se vuelve aún más nítido cuando se analiza la importancia de la presión arterial: una gran parte del mayor riesgo de demencia atribuible al peso corporal parece venir de su efecto sobre la hipertensión, un conocido factor de deterioro vascular y cerebral.
"El estudio muestra que el peso corporal alto y la presión arterial alta no son solo señales de alerta, sino causas directas de demencia – apunta Frikke-Schmidt -. Eso las convierte en objetivos altamente accionables para la prevención."
Un dato clave del estudio es que, aunque algunos ensayos clínicos que probaron medicamentos para perder peso no lograron frenar el deterioro cognitivo en fases tempranas de la enfermedad de Alzheimer, los autores señalan que estos medicamentos podrían prevenir la demencia si se usan antes de que aparezcan los síntomas cognitivos. En pocas palabras: los mismos fármacos que actúan en la obesidad, tendrían un efecto positivo en el deterioro cognitivo. Y no hay que esperar a que las consecuencias de estos últimos sean visibles. Esta es una línea de investigación que, de acuerdo con el estudio, merece explorarse en ensayos futuros.
El reconocimiento de que obesidad e hipertensión pueden ser causas directas de demencia tiene implicaciones profundas para políticas de salud pública. En lugar de esperar a que el deterioro cognitivo aparezca, políticas preventivas que fomenten una nutrición saludable, actividad física regular y control efectivo de la presión arterial podrían traducirse en menos casos de demencia décadas después. Esto también evita el uso de fármacos y se centra en la prevención de las futuras generaciones.
En un mundo y un presente donde la obesidad sigue creciendo y la demencia amenaza a generaciones que envejecen, comprender y actuar sobre estos vínculos podría marcar la diferencia entre una sociedad que simplemente cuida enfermedades crónicas y una que preserva la agudeza mental a lo largo de la vida.
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