Estamos más que acostumbrados a ver, en la representación de las criaturas que habitaron el planeta hace cientos de millones de años, algunos seres gigantescos armados con enormes púas en su cola. Sin embargo, basta con mirar a nuestro alrededor y hacer memoria para recordar que en nuestra última visita al zoo no vimos ni un solo animal armado al final de su cuerpo. ¿Por qué?

Para tratar de dar respuesta a esta pregunta, investigadores de la Universidad Estatal y del Museo de Ciencias Naturales de Carolina del Norte han estudiado la historia evolutiva de los últimos 300 millones de años. Todo, para determinar por qué a día de hoy vemos algunos animales que sí conservan algo de armamento en zonas como la cabeza y, a pesar de eso, las antes habituales púas de la cola han terminado por extinguirse.

Tras analizar a reptiles y mamíferos tanto vivos como extinguidos, los investigadores llegaron a la conclusión de que, para contar con armamento en la cola, un ser vivo cumplía generalmente con tres requisitos.

Para empezar, se trataba de animales grandes, cuyo peso era habitualmente superior a los 100 kilos, lo cual hoy no es tan común. Para seguir, la armadura de sus cuerpos era clave para el desarrollo de púas en la cola. Así, solo se daba en aquellos que tuvieran rigidez torácica, como los armadillos. Era esta característica la que hacía que el cuerpo del animal en cuestión tuviera la fuerza suficiente como para equilibrar el enorme peso de su cola armada. Por último, todos los seres con púas en la cola analizados para este estudio a través de sus fósiles compartían otra característica más: eran herbívoros.

“Es raro que los herbívoros grandes tengan una armadura ósea”, explica Victoria Arbour, una de las responsables del estudio. En definitiva, la combinación de esas tres características es tan poco frecuente que, a día de hoy, sólo queda el recuerdo de los fósiles que un día tuvieron púas en la cola.

De hecho, según Arbour, “esta combinación única explica por qué el armamento en la cola es raro incluso en el registro fósil”. Y es por eso mismo por lo que, a día de hoy, ni tortugas ni lagartos tienen púas en la cola a pesar del aspecto de algunos de sus antepasados.