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PRODIGIOS Y DEFORMIDADES QUE SIRVIERON DE CATALIZADORES

Perros que hablaban francés, terneros deformes y otros fenómenos que impulsaron el avance de la ciencia

En el pasado, prodigios y deformidades han servido de catalizadores para el avance de la ciencia: el filósofo Francis Bacon incluía monstruos en sus tratados sobre la naturaleza y el matemático Leibniz escribió un artículo sobre un perro parlante.

En los siglos XVI y XVII los fenómenos más insólitos despertaban la curiosidad de los científicos

Internet Archive/Flickr En los siglos XVI y XVII los fenómenos más insólitos despertaban la curiosidad de los científicos

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La naturaleza tiene una larga lista de leyes aparentemente inamovibles. Hoy sabemos que los pájaros ponen huevos mientras los mamíferos paren a sus crías y que la Tierra gira alrededor del Sol. Pero no siempre lo hemos tenido todo tan claro.

El primero que vio de cerca un ornitorrinco seguramente pensó que algo debía de haberse torcido para que existiese un ‘collage’ animal de tal calibre. ¿Por qué iba a nacer una serpiente con dos cabezas? ¿Y dos niños unidos por una parte de su cuerpo?

Cuestiones de este estilo inspiraban a los padres de la ciencia europea de los siglos XVI y XVII. Estudiosos de renombre –quizá muchos no merecieran el calificativo de científico por sus métodos– como René Descartes, Isaac Newton y Francis Bacon estaban obsesionados con las rarezas.

Como explican Lorraine Daston y Katharine Park, del Instituto Max Planck para la Historia de la Ciencia de Berlín, en su libro Maravillas y el orden de la naturaleza, los fenómenos y criaturas más extrañas despertaban su sed de conocimiento: necesitaban respuestas.

En la actualidad, un estudio sobre monstruos tendría cabida como mucho entre los nominados a un Ig Nobel, pero en aquel tiempo protagonizaban numerosos tratados sobre la naturaleza, como los de Bacon.

El británico incluyó las anomalías como uno de los pilares de su método, precursor del método científico moderno y sustituto del medieval aristotélico.

Así dibujó Francis Bacon al extraño ternero que describía en un artículo en ‘Philosophical Transactions’
Así dibujó Francis Bacon al extraño ternero que describía en un artículo en ‘Philosophical Transactions’ | ‘Philosophical Transactions’

Pero las deformidades no se interpretaban como aberraciones divinas, sino como manifestaciones de la fertilidad de la naturaleza que sedujeron incluso a la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia.

Los filósofos las utilizaban como revulsivo para provocar y obligar a la gente a abandonar sus erróneas asunciones sobre cómo funcionaba el mundo, una herencia de períodos anteriores.

No hay que olvidar que Europa vivía una época de extraordinarios cambios a nivel religioso, económico e intelectual. El Viejo Continente era testigo de maravillas traídas de Oriente y de América, como curiosos armadillos y hermosas aves del paraíso.

Copérnico acababa de publicar su libro sobre el Sistema Solar y Andreas Vesalius uno sobre la anatomía del cuerpo humano.

Había que construir la ciencia desde los cimientos. Y como no sabían muy bien por dónde empezar, científicos y filósofos naturalistas se dedicaban a buscar una explicación a los sucesos más inverosímiles.

Descartes pensaba que, si iba a concebir una teoría universal, necesitaba explicar cualquier fenómeno. Ni corto ni perezoso, el francés lo intentó con una extraña creencia medieval que aseguraba que las heridas de un cadáver volvían a sangrar en presencia del asesino.

Animales políglotas

En 1609, Galileo Galilei apuntaba con su rudimentario telescopio al universo para descubrir los cráteres lunares y los cuatro satélites de Júpiter, que describió como auténticas maravillas dignas de otro mundo: un puñado de estrellas fijas que rodeaban al planeta como si fueran “niños” custodiando al “más glorioso de todos los planetas”.

El caso del matemático y filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz es todavía más paradigmático. En 1715, envió un informe a la Real Academia de Ciencias de París describiendo el caso de un perro parlante. Según el teutón, el can podía ladrar unas treinta palabras, seis de ellas en francés. Debía de ser un chucho distinguido: ‘chocolat’, ‘thé’ y ‘caffé’ eran algunas de ellas.

Al químico y físico irlandés Robert Boyle también le dio por los animales. La primera edición de ‘Philosophical Transactions’ de la Real Sociedad de Londres, publicada en 1655, recogía una serie de experimentos de Boyle sobre la naturaleza del frío.

Aunque es más conocido por la ley física de los gases que lleva su nombre (y que ya había divulgado), aquel volumen incluía otro texto donde el físico narraba cómo un carnicero había encontrado un ternero deforme en el vientre de una vaca. Se titulaba ‘Un informe sobre un ternero monstruoso muy extraño’.

Más allá de contar historias sobre criaturas contrahechas, los científicos como Boyle querían investigar estos casos extraños para entender mejor los normales, sobre todo en campos relacionados con la medicina y la anatomía –Boyle cortó y conservó la cabeza del animal en etanol–.

Así, lo que ahora parecen verdaderos sinsentidos, sirvieron de combustible para propulsar el nacimiento de la ciencia moderna.

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