Europa no vivirá el milagro del gas de esquisto. La extracción de este combustible de origen fósil no servirá para reducir significativamente la dependencia energética europea del exterior ni hará remontar la competitividad de los Veintiocho. Es la conclusión de un estudio del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internaciones de Francia, publicado la semana pasada.

El documento llega un mes después de que la Comisión Europea haya dejado en mínimos los objetivos de energías renovables y eficiencia energética en su propuesta de paquete de energía y clima para la UE, presentado por Bruselas el pasado mes de enero. De salir adelante la propuesta del Ejecutivo comunitario, ya no habrá objetivos nacionales de energías limpias y el objetivo del 20% de eficiencia energética en 2020 también se revisará.

La grandilocuencia con la que Europa ha defendido en los últimos años objetivos medioambientales ha sido batida por la prioridad económica. En ese contexto ha ido engordando el interés por la extracción de gas de esquisto como fórmula para ganar competitividad y reducir la dependencia energética del exterior.

Sin embargo, los tres autores del estudio galo ponen en duda los beneficios de la revolución del gas no convencional en Estados Unidos. Aunque reconocen que el rápido crecimiento de su producción “ha cambiado profundamente” el mercado energético estadounidense, “su impacto en los consumidores ha sido muy superado por el continuo aumento del precio de la electricidad y de la gasolina”.

Entre 2005 y 2013, Estados Unidos produjo un 33% más de gas natural al año, debido en gran parte a la producción de gas de esquisto, que se incrementó más de 1000% durante el mismo periodo. El resultado ha sido una menor dependencia energética del exterior, “pero lo que más ha contribuido a reducir el déficit energético ha sido la caída de la demanda debido a la recesión económica, la mejora de la eficiencia energética y el cambio en los hábitos de los consumidores como respuesta al aumento del precio del petróleo”, matiza el documento.

Tampoco ha sido relevante el impacto de la caída del precio del gas en la economía estadounidense, que estos expertos cifran en un 0,575% entre 2012 y 2035. “Comparado con un crecimiento real anual del 1,4%, el impacto en el PIB a largo plazo no es significativo”. Aunque las exportaciones de los sectores intensivos en gas hayan pasado de 10.500 millones de dólares en 2006 a 27.200 millones en 2012, hay que comparar estos resultados con el déficit de la balanza comercial industrial de Estados Unidos, que alcanzó 779.400 millones de dólares en 2012. Así, “no hay evidencias de que la revolución del gas de esquisto vaya a contribuir a una reindustrialización del sector manufacturero”, concluyen los autores.

Imposible imitar la revolución del gas de esquisto de EEUU

“A menudo se obvia que la revolución del gas de esquisto en EEUU ha llegado tras décadas de exploración geológica”, firman los tres autores en su estudio. Estados Unidos perforó 17.268 pozos de exploración de gas natural entre el año 2000 y 2010, a un ritmo de 130 al mes, muy por delante de los 50 pozos abiertos en la Unión Europea, donde la investigación “aún está en pañales”.

Si a la falta de datos concretos y fiables sobre las reservas potenciales de gas no convencional se suman una regulación medioambiental más restrictiva y el “significativo” rechazo social, la aportación de esta fuente de energía a la producción energética europea cubrirá entre el 3% y el 10% de la demanda entre 2030 y 2035. Así, “en el escenario más optimista, la Unión Europea estabilizará su dependencia de gas del exterior a los niveles actuales y seguirá importando gas y petróleo de forma significativa”.

Los autores del estudio se muestran tajantes: “El gas de esquisto no es la solución energética, ni de competitividad ni medioambiental para Europa, sino una estrategia global que combine eficiencia energética, innovación ecológica y una economía baja en carbono”. En ese escenario, el gas no convencional “podría ser un complemento, especialmente en los países muy dependientes del contaminante carbón y del gas ruso.