CÓMO TE LLAMAS INFLUYE EN TU ASPECTO

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"Tiene cara de María": por qué nos pegan ciertos nombres para algunas personas

Según un reciente estudio, bautizar a un bebé conlleva más responsabilidad de lo que parece. Sus resultados sugieren que los rasgos faciales de las personas se adaptan a su nombre propio en base a unos estereotipos asociados a esa “etiqueta social” que recibimos en la infancia.

Lucía Caballero | @Lulucille_ | Madrid | 02/03/2017

Y tú, ¿crees que te pega el nombre que tienes?
Y tú, ¿crees que te pega el nombre que tienes? | Dominio público

Cuando nos presentan a un extraño y nos dicen su nombre por primera vez, puede ocurrir que pensemos eso de “no le pega nada”. Algo en su rostro nos sugería que su nombre debía ser otro. Hay quien tiene cara de llamarse María. O Juan. O Marta.

Quizá pensabas que esta impresión -en realidad bastante común- es cosa tuya, pero a un equipo de psicólogos de la Universidad de Jerusalén se le ocurrió que el patrón se repetía demasiado como para obedecer al azar. Por eso han hecho un estudio para averiguar si existe alguna relación entre nombres y rasgos faciales.

Los resultados del trabajo, publicado en 'Journal of personality and social psychology', sugieren que sí, que la “etiqueta social” que nos ponen al nacer moldea de alguna manera nuestra apariencia y forma de actuar.

Los investigadores partieron de la hipótesis de que existen estereotipos asociados a cada nombre propio, y que estos se manifiestan en los rasgos faciales de quien lo lleva, provocando una “adaptación nombre-cara”. Para comprobar si se cumplía esta asunción, han realizado ocho ensayos diferentes en los que han colaborado cientos de individuos franceses e israelíes.

En dos de estos experimentos, los participantes tenían que adivinar el nombre de 25 extraños a partir de una lista de cuatro o cinco posibilidades, diferentes en cada caso. La única información que tenían era una fotografía de la cara de las personas.

El volumen de coincidencias entre el nombre verdadero y el propuesto fue lo suficientemente grande para que los investigadores pudieran descartar que se trataba de una cuestión de azar. Por ejemplo, los 70 israelíes que tomaron parte en este primer ensayo acertaron alrededor del 30% de las veces. En el caso de los 115 franceses participantes, el porcentaje era incluso más alto, pues rondaba el 40%.

Tenemos en cuenta nuestros conocimientos y experiencia para adivinar el nombre de otra persona | Dominio Público

Caras más explícitas que otras

Curiosamente, había algunos nombres más fáciles de deducir a partir de la apariencia de sus dueños que otros. Los galos daban en el clavo casi en el 80% de los intentos con Veronique, mientras que los israelíes demostraron una habilidad especial para reconocer a los Tom (lo hacían en un 52% de las ocasiones).

Según Yonat Zwebner, coautor del estudio, la capacidad de relacionar las caras y las “etiquetas sociales” se basa en la existencia de estereotipos asociados a cada nombre. Zwebner y sus colegas sugieren que tenemos en cuenta la información personal, social e histórica que conocemos para hacer nuestras predicciones.

Otra de las curiosas conclusiones que pueden extraerse del trabajo es que el corte de pelo parece jugar un papel importante en esa adaptación del aspecto al nombre propio. En uno de sus experimentos, los investigadores mostraron a los participantes tanto imágenes completas de los extraños como fotografías editadas para emborronar los rasgos faciales o el cabello. El número de aciertos fue mayor en el caso de los retratos donde sólo se veía claramente el pelo que en el de aquellos en los que era posible apreciar únicamente la cara.

El pelo parece decirnos más del nombre de una persona que sus rasgos faciales | Dominio público

Sin embargo, uno de los factores decisivos, más allá del físico, es el social. Los participantes eran mejores averiguando un nombre cuando la persona pertenecía a su misma cultura. Ni a los israelíes se les daba bien adivinar la “etiqueta social” de los israelíes ni a estos pronosticar la de los galos.

Como última parte del estudio, estos expertos en psicología entrenaron a un algoritmo a partir de 94.000 rostros de individuos y sus respectivos nombres. El objetivo era que aprendiera a relacionar cada nombre con los rasgos faciales que lo caracterizan (si es que existían).

Una vez preparado, el programa fue capaz de adivinar el nombre de los dueños de las nuevas caras que le mostraron con una exactitud de entre el 54% y el 64%. Si bien la cifra de acierto no es muy elevada, es suficiente para concluir que existe algún tipo de relación entre el aspecto físico de las personas y su “etiqueta social”.

Todos estos hallazgos sugieren que decidir cómo va a llamarse un bebé conlleva más responsabilidad de lo que parece. “Los estereotipos [asociados a los nombres] pueden, a lo largo del tiempo, cambiar la apariencia facial de las personas”, sostiene Zwebner. Los padres no sólo estarían eligiendo un apelativo, sino también, en cierta manera, el aspecto futuro de su hijo.

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