No hablan de que desplazarse por la ciudad en coche engorde, no. Es más grave aún. Resulta que la exposición duradera al ruido del tráfico en las ciudades fomenta la obesidad. La afirmación se sustenta en un datos de 3.796 suecos adultos. Y arroja cifras tan contundentes como que un aumento de tan solo 10 decibelios en los niveles de ruido soportados por una persona aumenta el riesgo de que padezca obesidad en un 17%. Ahí es nada.

Para los incrédulos, los datos indican que el ruido constante del tráfico no solo aumenta el índice de masa corporal, sino también los niveles de grasa corporal y el índice cintura-cadera (para muchos expertos en salud el mejor parámetro para medir cuánta grasa intraabdominal acumulamos).

Para entender la asociación entre la contaminación acústica debida al tráfico rodado y la obesidad hacen falta más estudios porque "todavía no hemos podido formular una explicación consistente, que pueda ser aceptada unánimemente por toda la comunidad científica ", tal y como asegura María Foraster, coautora de la investigación que publica la revista Environment International. Pero todo apunta a que tiene que ver con que el ruido genera estrés y afecta al sueño.

Dicen los investigadores que los desajustes del sueño alteran el sistema endocrino, aumentan la inflamación general, hacen que la presión arterial suba, trastocan el metabolismo de la glucosa y afectan al apetito. A largo plazo, esta cadena de efectos fisiológicos incrementaría las cardiopatías, la diabetes y la obesidad.

No es para tomárselo a broma. Según las cifras que se manejan, de toda la carga de enfermedad provocada por la planificación urbana, el ruido del tráfico contribuye con un 36%, un porcentaje bastante superior al que se atribuye a la contaminación del aire. A lo que se suma que en torno a 120 millones de europeos (más del 30% de la población) están expuestos a niveles de ruido procedente del tráfico por encima de 55 decibelios.

"Si tenemos en cuenta estos datos, está claro que solo reduciendo el tráfico en zonas residenciales ya notaríamos el descenso de la epidemia de obesidad y los índices de mortalidad en todo el mundo", subrayan Foraster y sus colegas.

"Sabiendo lo difícil que es cambiar el comportamiento individual -dieta, ejercicio, etc.-, intervenciones medioambientales como esta resultan especialmente efectivas en la batalla contra la obesidad", concluyen.