Un olor a tierra mojada que te rodea mientras en el cielo se ven unas nubes amenazantes que anuncian la tormenta. Ese olor a tierra mojada lo asociamos a la lluvia. Pero la lluvia, como el líquido de un vaso de agua mineral, no tiene olor. Entonces, ¿qué es lo que olemos exactamente?

No es la lluvia lo que huele, sino la humidificación del suelo, un fenómeno que se lleva estudiando desde por lo menos los años 60 del siglo XX. Este olor se conoce como petricor. Dicho preticor está formado por diferentes aceites vegetales y actinobacterias, componentes de la tierra que renuevan sus nutrientes y descomponen la materia orgánica para que se incorpore a estos.

Entre esos componentes orgánicos que forman el petricor, el que más destaca para generar el olor es la geosmina, un alcohol muy fácil de oler aunque nos encontremos a mucha distancia. Cuando las primeras gotas de agua tras un largo periodo sin lluvias caen, el cóctel está listo para estallar. De hecho, con que tan solo se humedezca el aire, el suelo comienzan también a humedecerse y la geosmina empieza su proceso de formación.

Al caer la lluvia al suelo, la geosmina y otras partes del petricor se disuelven con el agua y son transportadas por el viento. Cuando más llueva más fácilmente se difunde el petricor y antes sabe la gente que la lluvia se está aproximando o que ha llovido cerca, aunque el chaparrón no llegue hasta nosotros.

Una vez deja de llover, el petricor desaparece conforme el suelo se seca, en espera de que caiga otra buena tromba de agua. Si ha habido actividad eléctrica también se habrá podido sentir el olor del ozono, por lo que recibiremos una fragancia más fuerte y también característica. Eso sí, debido a la complejidad del petricor, con más de 50 componentes, todavía no se ha sintetizado; por ello, tendremos que esperar a la próxima lluvia para volver a deleitarnos con su inconfundible y amado olor. Quizá no sea casualidad que petricor venga del griego ‘icór’, el elixir que corría por las venas de los todopoderosos dioses.