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¿GULA O EFECTO DEL ALCOHOL?

Por qué devoras todo lo que hay en la nevera cuando vuelves de una noche de borrachera

El apetito habitual tras consumir alcohol es, en realidad, otro de los múltiples efectos de las bebidas espirituosas.

Dulces y comida grasienta, los imprescindibles tras una noche de borrachera

Garry Knight Dulces y comida grasienta, los imprescindibles tras una noche de borrachera

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Algo de pizza con toda la grasa posible, un trozo (o una tableta) de chocolate, una generosa porción de tarta… La galería de alimentos que el estómago de una persona en estado de embriaguez puede solicitar a su contento propietario es amplia y tremendamente calórica. Como cabría imaginar, detrás de esa voraz reacción que se suele producir a altas horas de la madrugada y tras una noche de fiesta, se encuentra el alcohol como principal responsable.

Según un estudio llevado a cabo por investigadores del Mill Hill Laboratory británico, el alcohol cuenta entre sus innumerables efectos con la activación de un tipo de moléculas del hipotálamo. En concreto, aquellas que controlan cuestiones tan fundamentales como la sed, el cansancio o el hambre.

Una vez activadas, estas moléculas (llamadas proteínas r-agouti) hacen que el ebrio sujeto sienta hambre aun estando con el estómago lleno (de bebidas etílicas, entre otras cosas).

De hecho, la prueba en el laboratorio practicada con ratones condujo a los roedores a buscar comida de inmediato, a pesar de estar bien alimentados y con el estómago lleno.

Al contrario, cuando se inhibe esta proteína, los ratones no comen ni aunque tengan alimentos delante y lleven tiempo sin llevarse nada a la boca.

Pero más allá de los efectos del alcohol respecto a nuestro apetito, también influye en el tipo de alimentos que nos atraen más en ciertas condiciones: si en plena borrachera ansiamos comer todo eso que ni se nos pasaría por la cabeza en plena dieta es porque el alcohol también altera la presencia de galanina en nuestro organismo, otra proteína que aumenta el deseo de consumir grasa, según una investigación publicada por el Instituto Nacional de Salud estadounidense.

En definitiva, cualquier comilona producida lejos de la sobriedad cuenta con un culpable claro: no es la gula, es el alcohol.

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