Al tomar una taza de café o té nos enfrentamos a un enigma científico del día a día. Y no, no nos referimos a la lectura del futuro con los posos, algo que también se hace desde tiempo inmemorables.

Hablamos de un misterio de la física ya descrito en 1922 por el japonés Torahiko Terada, que se sorprendió de la gran cantidad de procesos físicos que tenían lugar en su taza de té hirviendo: convección, condensación, remolinos... Pero, entre todos, destacaba la finísima película blanca que flotaba sobre la superficie de su taza.

Esta capa blanquecina se suele agrietar y dividirse en varias partes, pero no tiene nada que ver con ningún residuo hirviendo producido por la naturaleza de la bebida. Más bien el café o té sirven para revelar el contraste entre su color y la 'bruma'.

En 1971 un físico estadounidenses utilizó la idea de bruma para referirse a este fenómeno. Según él, eran gotas demasiado gruesas para elevarse en el aire como el vapor, pero demasiado pequeñas para contrarrestar el movimiento hacia arriba producido por la evaporación. Las gotas, según su teoría, se limitan a 'levitar' sobre la superficie.

Casi un siglo después, otros investigadores nipones han vuelto a abordar esta cuestión en un estudio publicado en 'Scientific reports'. Takahiro Umeki ha sido el hombre elegido para resolver de una vez el misterio junto a su equipo en la Universidad de Kyoto.

Para comprobar qué sucede en la taza, los científicos pusieron agua a entre 60-90º y observaron su evolución desde un microscopio. Lo hicieron desde abajo y a través de una superficie transparente para salvaguardar la lente. Comprobaron que, cuanto más aumentaba la temperatura, las pequeñas gotas de diez micrómetros de diámetro se hacían más numerosas.

No sólo eso. Resulta que las pequeñas gotas llegan a la superficie desde arriba, es decir, primero se condensan y después caen ¿Y las grietas? Consecuencia de la rápida desaparición de gotitas de algunas regiones a la velocidad de un metro por segundo.

A pesar de estas nuevas evidencias, las causas de su existencia están todavía ocultas. Los investigadores han comprobado que la bruma no entiende de temperaturas, de grado de pureza del líquido ni de la humedad que tenga.

Podría tener que ver con que cada gota tenga una carga eléctrica o, quizás, con que leviten gracias al flujo evaporado de la superficie del agua, pero nada de esto está aún comprobado.

Resulta increíble la complejidad que entraña algo tan cotidiano como una taza de café. Como si esta misteriosa bruma fuera lo único que esconde nuestra dosis líquida de despertador diario. Si nos adentramos en el mundo de la cafeína, de cómo se disuelve un terrón de azúcar, la espuma del capuccino... Si quisiéramos entenderlo todo el desayuno sería eterno.