La historia transcurre en la primera mitad del siglo XX, en la Unión Soviética. El hombre se llama Trofim Lysenko. Es un ingeniero agrónomo, descendiente de una familia de campesinos, que ha alcanzado una enorme popularidad. No es extraño. Al fin y al cabo, representa a la perfección el ideal del Partido Comunista: un desheredado que alcanza, a base de voluntad, lo más alto de la escala social.

Lysenko ha conseguido la fama con una promesa: la de acabar con el hambre en la URSS. Para conseguirlo, dice, basta con alterar las plantas. Según el ingeniero, los cambios que se ejercen en un ser vivo se transmiten a los descendientes. Corta las flores de una planta y la siguiente generación tendrá flores más pequeñas. Esto no puede encajar mejor con la obsesión comunista: ya ni las plantas tendrán privilegios por razón de origen.

La idea no es nueva. Ya la había planteado Juan-Baptiste Lamarck, un naturalista francés, a principios del siglo XIX. Él lo llamó “herencia de los caracteres adquiridos”. Lamarck se equivocaba, como demostró Darwin cincuenta años después con su teoría de la selección natural, pero el lamarckismo nunca llegaría a olvidarse del todo.

Lysenko basa su promesa de acabar con el hambre en las ideas de Lamarck. Darwin, dice, está equivocado. A los líderes comunistas, con Stalin a la cabeza, les encantan los planteamientos del ingeniero agrónomo. También a la prensa. Pero no a los científicos, ni siquiera a los soviéticos.

Las tesis de Lysenko no son ciencia, sino una fantasía política. Así lo expresan muchos de sus colegas, temerosos de que la adopción de las tesis lamarckianas por parte del Estado acabe causando un desastre en la Unión Soviética. Pero Lysenko no solo tiene ideas extravagantes. También tiene poder.

Stalin le nombra director de la Academia de Ciencias Agrícolas, y él usa su cargo para redactar una lista negra con los nombres de todos aquellos que se atreven a cuestionarle. Su crimen: traición a la patria. Muchos científicos son arrestados; otros, ejecutados. La genética es declarada “burguesa” y, por tanto, enemiga del comunismo.

La más célebre víctima de Lysenko es Nikolái Vavílov, un destacado genetista que ha ocupado puestos de responsabilidad en organismos científicos una década antes. Su relevancia académica, sin embargo, no le sirve de nada. Es detenido y acaba sus días en prisión.

Con todo, Lysenko mantiene su fama intacta durante tres décadas. Hasta que, en los años 60, un grupo de científicos soviéticos se atreve de nuevo a criticarle, abierta y conjuntamente. Tras la muerte de Stalin, el ingeniero ha perdido buena parte de sus influencias. Ahora es, por fin, vulnerable.

La misma prensa que le encumbró treinta años antes, difunde las críticas donde se le acusa, entre otras cosas, de institucionalizar la pseudociencia y generar una campaña criminal contra los verdaderos científicos. El prestigio de Lysenko sucumbe en el acto, aunque seguirá trabajando para la URSS hasta su muerte en 1976. No llegaría a ver, por tanto, el derrumbe de la Unión Soviética. Un derrumbe al que contribuyó.

El lysenkoísmo, como él mismo llamó a su cuerpo teórico, supuso una catástrofe para la URSS, tanto desde un punto de vista científico como humanitario. Nunca sabremos hasta qué punto las fantasías del ingeniero fueron corresponsables de la hambruna que asoló la Unión Soviética entre los años 32 y 33 y que costó la vida a no menos de siete millones de personas (algunas fuentes doblan la cifra de víctimas). Que Lysenko lastró enormemente el progreso de su país, sin embargo, está fuera de toda duda.

Su caso se sigue contando como un ejemplo de las terribles consecuencias que la mala ciencia puede acarrear cuando es fomentada por los poderes políticos. Un peligro del que ni siquiera hoy, en el mundo global, estamos a salvo.