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UNO DE CADA SEIS CASOS ACABA EN TENTATIVA DE SUICIDIO

Bullying, la violencia silenciosa con secuelas psicológicas

Adolfo (nombre ficticio) ingresó en urgencias por un cuadro grave de ansiedad en la primavera de 2007. Hoy con 19 años recuerda ese día como el peor de su vida.

Acoso escolar. Las sombras más oscuras de la educación

Victoriano Izquierdo | victorianoizquierdo.com Acoso escolar. Las sombras más oscuras de la educación

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Pepo Jiménez | @kurioso | Madrid
| 17.07.2014 01:13

Con 15 años unos compañeros de clase le habían metido un palo por el culo y le habían intentado tirar de un coche en marcha en la excursión campestre del colegio. Nadie en el colegio había intuido el problema. Chiquilladas, juegos de prepúberes sobrehormonados, debió pensar algún figura.

Hasta ese día su escuela en Cerdanyola del Vallès no había tomado ninguna medida para controlar la evidente situación de intolerancia y acoso para con el alumno vejado. Un juez condenó más tarde al colegio a pagar 51.000€ a la familia del menor. El precio por olvidar un estigma que le acompañará el resto de su vida.

Adolfo es un tipo muy normal, señalado y vejado únicamente por su condición sexual. Adolfo es uno de los cientos de adolescentes homosexuales que despiertan a la realidad del abuso en un contexto de odio, rechazo y acoso de sus semejantes, adolescentes educados bajo el prisma de una sociedad eminentemente homófoba.

La pesadilla de Adolfo se maceró durante los dos años anteriores y no acabó aquel día. Del “maricón”, “marginado” y otros insultos se pasó a los empujones en las escaleras y vejaciones varias. Una conducta sostenida impunemente bajo el prisma de las chiquilladas de preadolescentes sin criterio. Los profesores minimizaron el problema y obviaron el caso. Tanto es así que la directora del centro desconocía el origen homóbofo del problema hasta el día del juicio. Cuatro años después. Error garrafal.

Las medidas del centro para proteger a Adolfo fueron insuficientes. Un par de charlas con los tutores de los alumnos implicados y poco más. No hubo control, ni sanciones para los del palo en el culo ni seguimiento posterior del caso. La dirección insinuó que Adolfo tenía problemas familiares. El acoso duró dos años más hasta que otro alumno colgó una foto de Adolfo en su blog con insultos homófobos y otras maldades. Eso precipitó la evidencia, la marcha de Adolfo y los 900 días de tratamiento psiquiátrico posterior.

Adolfo ha superado su drama tras un tratamiento adecuado y la recompensa de la Justicia que mitiga en parte el falso remordimiento. Hoy está estudiando Turismo. Pero no siempre es así. Uno de cada seis casos de bullying severo acaba en tentativa de suicidio.

Cuadro clínico

Las secuelas psíquicas y físicas del acoso escolar son más graves y determinantes de lo que pueda parecer. El maltrato físico y psicológico no solo lleva a la desesperación y depresión inmediata, sino también conduce a un estrés post traumático que puede minar de por vida la autoestima del paciente. Y eso sin contar con la amenaza de comportamientos suicidas durante el proceso de agresión. El 54% de las víctimas presenta síntomas de estrés postraumático, el 55% depresión y el 53% tiene una marcada pérdida de autoestima.

Pero no solo eso, científicos de la Universidad de Duke han valorado que los menores que sufren acoso pueden experimentar inflamación crónica sistémica que persiste hasta la edad adulta. Es decir, el acoso durante el periodo escolar afecta a una proteína (C-reactiva PCR), un marcador de la inflamación de bajo grado de los tejidos, influenciada también por la mala nutrición, la falta de sueño o las infecciones.

El estudio analizó a tres grupos de alumnos de un total de 1.420 estudiantes. Se tomaron muestras en la edad del acoso (9 a 16 años) y en el comienzo de la edad adulta (19 a 21 años). Los grupos de estudio eran acosadores, acosados y alumnos que pertenecen a ambos grupos. En todos subió proporcionalmente el PCR pero en el grupo de acosados se observó un aumento más significativo de los niveles de la proteína.

Pero quizás la conclusión más llamativa del estudio no es esa. Los análisis demostraron que el grupo de acosadores tenía el nivel más bajo de proteína inflamatoria de los tres analizados. Parece ser que el grupo de los hostigadores puede experimentar un beneficio físico al mejorar su status social a través del acoso o la agresión a terceros. No es más que un legado de los comportamientos grupales de nuestros antepasados. La autoestima que pierde el macho dominado la absorbe el dominante en beneficio propio. El chute hormonal no justifica el acoso de ninguna de las maneras; simplemente explica la herencia del instinto de supervivencia de un ser vivo eminentemente social. Otros estudios han evidenciado las huellas psicológicas de otras penurias vividas a edades tempranas, como la pobreza infantil

Los intimidadores no compensan esta mejora proteínica con los riesgos de padecer un trastorno de personalidad que los convierta en adultos antisociales, con los consecuentes problemas que esto les acarreará en el trabajo, en la familia o en sus relaciones personales.

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