Algunos científicos plantean que este tipo de hallazgos no deberían ser tan sorprendentes, porque ya hay una buena cantidad de investigaciones que no han encontrado una relación específica entre ingerir más grasa y acumularla en nuestro organismo.

La idea de que todas las grasas son malas está muy extendida, pero no es correcta. Por un lado, hay grasas más sanas, como las del pescado o los frutos secos, que son beneficiosas para el organismo. Y por otro, hay que tener en cuenta que muchas veces, cuando reducimos el consumo de grasas de todo tipo, las sustituimos por otro tipo de alimentos.

Sobre estos cambios, se ha visto una relación entre dietas bajas en grasas, pero altas en hidratos de carbono, como los que abundan en la pasta o el pan, y un aumento de peso a largo plazo. Entre las explicaciones para las ventajas de la leche entera, se encuentra la posibilidad de que sacie más o que sus ácidos grasos tengan algún efecto sobre el control del peso.

También es posible que tenga algo que ver que en muchos productos lácteos, cuando se elimina la grasa, se sustituye por azucar, mucho peor a la hora de ganar peso. En cualquier caso, los estudios sobre los efectos de los distintos tipos de alimentación son muy difíciles de realizar y sus resultados son limitados. Por eso, los expertos no suelen aconsejar soluciones únicas y milagrosas. Una dieta variada y equilibrada, y un poco de ejercicio diario es, de momento, la única manera de mantener un peso razonable.