Las estrellas tardan muchísimo más que nosotros en envejecer, pero también lo hacen, y llega un momento en que su existencia llega, inevitablemente, a su fin. A medida que se aproximan a ese punto, se van haciendo más pequeñas y frías y cambiando de color hasta convertirse en lo que se conoce como enanas blancas.

Pero este no es el último capítulo de sus longevas vidas. Una investigación recientemente publicada en la revista Nature ha encontrado las primeras evidencias de una metamorfosis final de las estrellas: tras pasar por su etapa de enanas blancas, esa en que se enfrían lentamente, empiezan a solidificarse poco a poco, de forma similar a como el agua se convierte en hielo, hasta transformarse en algo parecido a gigantescas bolas de cristal.

Eso retrasa su envejecimiento, así que algunas estrellas podrían ser hasta 2.000 millones de años más viejas de lo que se pensaba. Sería muy relevante, dado que las enanas blancas, por su ciclo de vida predecible, se utilizan como una especie de relojes cósmicos para estimar con una precisión mayor la edad de otras estrellas cercanas.

“Todas las enanas blancas se cristalizarán el algún punto de su evolución”, explica Pier-Emmanuel Tremblay, líder del estudio. “Millones de enanas blancas en nuestra galaxia ya han completado el proceso y son esencialmente esferas de cristal en el cielo”, agrega. “El Sol mismo se convertirá en una de ellas en unos 10.000 millones de años”, así como alrededor del 97% de las estrellas de la Vía Láctea.