Hace casi nueve meses, una luz cegadora interrumpió el plácido amanecer de los Urales rusos. Una bola de fuego cruzó el cielo a 18 kilómetros por segundo, liberando en el aire 30 veces más energía que la bomba atómica de Hiroshima y reventando a su paso los cristales de miles de casas. Sólo en Cheliábinsk, la ciudad de Rusia más afectada, hubo 3.600 edificios dañados, incluida la biblioteca local, donde un marco de ventana salió disparado y acabó rajando una estatua de Pushkin. Unas 1.500 personas resultaron heridas por cortes y algunas declararon haberse quemado la piel debido al intenso brillo del meteorito que ardía en la atmósfera. No era para menos: aquella luz abrasadora que cruzó el cielo fue hasta 30 veces más brillante que el Sol.

Ese es uno de los datos que se desprenden de tres pormenorizados estudios sobre el meteoritode Cheliábinsk, caído el 15 de febrero y que fue el más potente registrado desde hace más de un siglo. La roca pilló por sorpresa al mundo entero y se convirtió en la prueba viviente de que los terrícolas vivimos expuestos a desastres llegados del espacio que nuestros sistemas de vigilancia no pueden detectar. Los tres estudios, realizados por tres grupos internacionales de científicos, reconstruyen en detalle el camino del meteorito ruso hasta el fondo del lago helado en el que cayó su fragmento más voluminoso: una roca de más de 500 kilos. Los expertos se han servido de los cientos de vídeos grabados por cámaras de seguridad, pequeños dispositivos de grabación instalados en los coches, sensores diseñados para alertar de explosiones atómicas y muchos otros dispositivos que aquel 15 de febrero captaron los efectos del meteorito ruso, sin lugar a dudas, el mejor documentado de la historia.

También ha sido uno de los más afortunados. Varias características descritas en los estudios muestran por qué. Por ejemplo, el meteorito de Cheliábinsk estaba hecho de roca y no de hierro, lo que pudo contribuir a que la fracción de meteorito que finalmente impactó en tierra fuera menor, explica a Materia Margaret Campbell-Brown, investigadora de la Universidad de Occidental de Ontario y coautora del estudio en Nature que ha calculado el brillo y la potencia del meteorito. Su trabajo señala que la bola de fuego de Rusia era 30 veces más brillante que el Sol para un observador que estuviese justo debajo de ella en el momento de mayor brillo.  Otro trabajo, publicado en Science, habla de posibles casos de quemaduras entre una pequeña fracción de los testigos de la caída del meteorito. A pesar de todo la mayoría de los heridos no revestían gravedad y los daños en edificios fueron menores.

Diez veces más abundantes

El ángulo de entrada en la atmósfera y el hecho de que la mayor parte de la energía se liberase a una altura de entre 20 y 30 metros sobre la superficie terrestre contribuyeron a evitar una catástrofe mayor. “Una bomba nuclear mucho más pequeña pero detonada en la tierra es mucho más destructiva porque su energía está mucho más concentrada”, detalla la experta. Si se pudiese visualizar la onda expansiva dejada por el meteorito, tendría la forma de un enorme cilindro de decenas de kilómetros de largo, lo que contribuyó a disipar el efecto destructivo.

Pero quizás uno de los datos más relevantes del estudio de Campbell-Brown es que objetos como el de Cheliábinsk, de unos 19 metros de diámetro y que podrían suponer una amenaza para la Tierra, son hasta 10 veces más abundantes de lo que se estimaba. Los nuevos cálculos implican que la probabilidad de que algo como lo de Cheliábinsk vuelva a suceder es mayor, aunque aún es difícil aclarar cuánto. “Parece que eventos como el de Cheliábinsk pueden suceder cada 30 o 40 años, en lugar de los 150 que calculaban los antiguos modelos”, resalta Campbell-Brown.

Los telescopios actuales impiden observar la llegada de objetos como estos. En primer lugar, son invisibles cuando vienen en la misma dirección que la luz solar, algo que ocurrió con el meteorito de Cheliábinsk. Y en las partes de su órbita que el Sol no ciega la vista de los telescopios el objeto es simplemente demasiado ténue como para ser visto. Poder detectar objetos como este es posible, pero haría falta un telescopio espacial “de cientos de millones de euros”, explica Detlef Koschny, responsable del programa de Objetos Cercanos a la Tierra (NEOS en inglés), de la Agencia Espacial Europea (ESA). “La tecnología está lista, lo que hace falta es financiación”, comenta.

Construir ese telescopio no está en los planes de la agencia, pero sí se prepara un nuevo sistema de vigilancia en tierra, llamado SSA, que podría ver parte de los objetos del tamaño del meteorito de Cheliabinsk.. El problema es que hay demasiados. “Sólo conocemos unas decenas de objetos de este tamaño, mientras que el número total puede ser de cientos de miles o incluso millones”, señala Koschny.

Algo similar, aunque menos grave, sucede conasteroides peligrosos de mayor tamaño. En total hay entorno a medio millón de objetos amenazadores sin catalogar, aunque nuestro conocimiento de los más peligrosos, con más de 100 metros de diámetro, es mayor. “Por ahora estamos haciendo un buen trabajo respecto a los objetos potencialmente peligrosos de mayor tamaño, pero los objetos del tamaño de Cheliábinsk van a seguir pasándonos cerca por un tiempo”, resume  Campbell-Brown.

'Hijo' pequeño de un asteride de dos kilómetros

Otro de los trabajos publicados en Nature apunta que el meteorito de Cheliábinsk es un fragmento desprendido de otro asteroide potencialmente peligroso. En concreto se trataría del 1999NC43, con un diámetro de 2,2 kilómetros. Sus órbitas coinciden casi a la perfección, dejando solo una posibilidad entre 10.000 de que la coincidencia sea fortuita, según explica el equipo de Jiri Borovicka, de la Academia de Ciencias de República Checa y primer firmante del artículo. En algún momento, el asteroide original sufrió un impacto de otro cuerpo que desgajó el futuro meteorito de Cheliábinsk, según su estudio.Precisamente el hecho de que se produjese el impacto pudo también reducir los daños causados por el meteorito ruso, según argumenta José Luis Galache, astrónomo en el MPC (Minor Planet Center) de la Unión Astronómica Internacional. “Los fragmentos que llegaron a tierra que se han estudiado presentan líneas de fractura causadas por un impacto en el espacio, probablemente el que causó que este pedazo se fragmentara y separara del cuerpo madre”, explica. “Cabe pensar que un objeto de tamaño similar, pero sin estas líneas de fractura, tendría una mayor cohesión y no explotaría hasta una altura menor, con lo cual la onda de choque llegando a tierra tendría un mayor poder destructivo”, añade.