FILTROS

Los filtros de Instagram te "hackean" el cerebro: ¿Cómo puedes evitarlo?

La seguridad digital es un tema muy candente que está siempre en tela de juicio. Las redes sociales juegan un papel drástico en el bienestar personal y es fundamental tomar ciertas precauciones.

Instagram

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Parece mentira, pero cada vez que abrimos Instagram nuestro cerebro empieza a trabajar sin que nos demos ni cuenta. Esa cara perfecta, esa piel sin poros, esos ojos enormes… no son solo un filtro, son una especie de entrenamiento silencioso que va moldeando lo que entendemos como “belleza”. Y lo peor es que, si lo vemos a diario, acabamos creyendo que eso es lo normal. Ahí es cuando Instagram nos “hackea” y entra en piloto automático.

Los filtros funcionan porque nuestro cerebro responde con gusto a las caras simétricas, pulidas y repetidas, tal y como indicó un estudio. Cuanto más vemos un mismo tipo de rostro, más lo asocia nuestro sistema de recompensa a algo agradable. El problema es que ese estándar no existe fuera de la pantalla y, cuando volvemos al mundo real, todo nos parece menos atractivo. No es que la vida sea fea: es que la hemos comparado con algo imposible.

La parte buena es que este hackeo se puede revertir. Igual que el cerebro aprende, también desaprende. Si empezamos a consumir contenido más variado —cuerpos reales, piel real, gente real— el algoritmo cambia… y nuestro cerebro también. Desactivar el modo automático empieza por elegir mejor lo que vemos. Al final, un feed más diverso es un descanso para la mente: menos comparación, menos presión y mucha más paz.

De esta manera, mantener una relación sana con las redes sociales resulta mucho más sencillo. La línea entre lo real y lo digital cada vez es más difusa; por lo que resulta imperativo marcar ciertos límites que incentiven la protección de uno mismo dentro del ecosistema online.

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