Con la victoria de Obama y su ascenso a la presidencia de Estados Unidos, gran parte de la indignación por los ataques racistas se convirtió en esperanza. Pero los hechos que se fueron sucediendo, poco a poco, fueron calmando el entusiasmo.

Freddie Gray, Michael Brown, Eric Garner o Trayvon Martin, todos ellos murieron a manos de la Policía bajo el mandato de Obama. Si existía el racismo policial, el primer presidente negro no supo erradicarlo.

"Tuvo un enorme valor simbólico, pero no debíamos esperar que transformara el país como por arte de magia", explica en laSexta Columna Alana Moceri, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea.

Por su parte, Pablo Bustinduy, profesor en el City College de Nueva York, señala que "la realidad es que Obama fue un gran moderado que desistió de intentar transformar esas realidades de desigualdad".

A día de hoy, las revueltas se dan de manera recurrente, pero más que delincuencia, son hartazgo. El país de las oportunidades, del ascensor social y del sueño americano no es para millones de personas un lugar idílico.

Y es que, el racismo hacia los negros en Estados Unidos ha marcado la historia del país norteamericano. En el siglo XIX secuestraron a millones de esclavos negros en África. Tras la Guerra de Secesión, la esclavitud se abolió, pero el sentimiento supremacista siguió presente en muchos estados. La rama más intolerante la encarnó el Ku Klux Klan.