UNA PAZ INESTABLE
Cuando el autoritarismo no necesita golpes de Estado: después de Venezuela, la era de los depredadores
El Contexto El mundo enfrenta momentos convulsos, un nuevo orden internacional basado en la fuerza bruta. Es la hora de los carnívoros, de la ley del más fuerte, de la erosión de los estatutos universales. Intentemos, mediante la fuerza que no es depredadora, que es la que reside en el pueblo, mantener los estándares mínimos construidos tras décadas de sangre derramada y evitar que estos líderes, estos depredadores, nos terminen por convertir en carroña.

La República de Weimar nació con todo aquello que hoy podríamos exigirle a una democracia moderna: sufragio universal, derechos sociales, libertad de prensa y un parlamento electo. Sobre el papel, impecable. Sin embargo, nunca consiguió algo más frágil y decisivo que la propia legalidad: lealtad social. La Alemania que quedó tras la devastadora Primera Guerra Mundial se encontraba derrotada, humillada y, sobre todo, empobrecida. Salarios devorados por la inflación, mayorías parlamentarias inestables, gobiernos que sucumbían uno detrás del otro. La política se convirtió en una sucesión de pactos incomprensibles y discursos incapaces de tocar la vida real. La República de Weimar no colapsó por falta de normas, sino por exceso de frustración.
En esa coyuntura, más cercana a la actual de lo que podría parecer, apareció la figura fácil, el clavo ardiendo: el líder que no prometía consenso, sino decisión. Adolf Hitler accedió al poder mediante las propias instituciones, a través de los organismos formales de Weimar. Esa es la clave. Weimar murió cuando amplios sectores de la sociedad comenzaron a percibir la democracia como un obstáculo.
La familiaridad asusta. Hoy hay ciudadanos dispuestos a aceptar la suspensión de derechos en favor de la eficacia. La democracia es lenta, burocrática, demasiado legal para tomar decisiones rápidas. Y, en parte, es cierto. El autoritarismo ofrece estímulos constantes: no es aburrido, es carismático, hollywoodense. Por eso el peligro nace ahí, cuando los depredadores del sistema lo socavan desde dentro. Cuando se presentan como gestores del caos y cirujanos de los supuestos tumores democráticos. Y en ese camino, en un principio tan legal como cualquier otro, terminan por hacer caer, uno a uno, los pilares que sostienen el Estado de Derecho.
Debemos dejar de imaginar al autoritarismo llegando al poder con botas militares y empezar a reconocerlo entre aplausos, sentado en parlamentos. Aunque esas botas militares no hayan desaparecido del todo. Giuliano da Empoli lo describe con precisión en La hora de los depredadores: no estamos ante líderes con proyectos de gobierno históricos, sino ante figuras que han aprendido a moverse en sistemas agotados, colándose por sus grietas: "Nuestra política recompensa cada vez más la agresión, porque se desarrolla cada vez más en el entorno digital. Y las reglas del entorno digital están colonizando las esferas normales de la política".
Puede parecer que estos líderes no quieren destruir la democracia de entrada, pero lo que hacen es utilizarla mientras les sirve y, cuando deja de hacerlo, pasarle por encima sin contemplaciones. No creer en las reglas, pero explotarlas mejor que nadie. Por eso, a diferencia del dictador clásico, al autócrata moderno no le hace falta cerrar el Parlamento ni abolir la Constitución, les basta con hacerlos carentes de sentido. Gobiernan en riguroso directo, a golpe de excepción, de un "nosotros" contra un "ellos", apelando a lo emocional. Para Da Empoli, estos depredadores no necesitan convencer; necesitan inquietar. Convertir el miedo al otro, al declive, al crimen, en excusa habilitadora para hacer valer el peso absolutista de sus ideales.
La reciente operación de extracción de Maduro en Venezuela es una muestra más de la impunidad con la que actúan los depredadores. Al igual que ocurrió en Irak en 2003, se ha buscado una coartada para violar el derecho nacional e internacional. Entonces fue la guerra contra el terror y las supuestas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Hoy, la guerra contra el narcotráfico y la acusación de que el mandatario venezolano encabeza el llamado Cártel de los Soles. Mario Saavedra, corresponsal y analista internacional, explica: "La acusación del narcoterrorismo es una especie de excusa legal, con algún sustrato real probablemente. Vas creando el relato de que se está luchando contra el narcoterrorismo y que por tanto no hay que ir al Congreso a pedir aprobación para los ataques".
No cabe duda de que el momento actual es complejo, con un mundo sitiado en el filo de una paz inestable que parece deslizarse cada pocas semanas hacia una guerra total. Daniel Iriarte, periodista especializado en cuestiones de seguridad global, lo define así: "Estamos en una situación que no es ni de guerra ni de paz. Es una hipercompetición entre grandes potencias donde los principales actores buscan desestabilizar al otro sin llegar a cruzar el umbral de la guerra. Estamos hablando de operaciones híbridas, de lo que se llaman estrategias de zona gris, en las que tú tratas de afectar al adversario, pero sin llegar a un punto en el que esto provoque una respuesta bélica automática por parte del enemigo".
Todo apunta a que el multilateralismo y las reglas internacionales establecidas tras la Segunda Guerra Mundial han entrado en una fase de erosión profunda. Las decisiones unilaterales y autocráticas han dejado de ser excepcionales para convertirse en norma. Pero el mayor problema es que la sociedad civil las está permitiendo. La condena a estos actos ya no es unánime ni global, como si el derecho internacional fuese algo prescindible. Es una cuestión de conciencia y, sobre todo, de memoria. De recordar cómo era el mundo cuando no se respetaban soberanías ni democracias. "La fotografía política actual del mundo no se entiende sin la extrema derecha, que además ha empezado a subvertir el orden internacional que nació después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, para muchos líderes de las democracias occidentales, los derechos humanos son prescindibles", señala Anna López, doctora en ciencias políticas y experta en extrema derecha, delitos de odio y racismo.
No debemos aceptar la falacia de que estos actos se ejecutan para salvar a ningún pueblo ni a ninguna democracia. Esto no va de justicia, va de eliminar a quien estorba, no a quien lo merece. Si fuera así, muchos amigos y aliados de Trump deberían encontrarse también esposados en el Iwo Jima y en el banquillo de los acusados: Netanyahu por crímenes de guerra, Mohammed bin Salmán por el presunto asesinato del periodista Jamal Khashoggi y un largo etcétera.
Esta era de los depredadores, además, parece estar comenzando. Trump, envalentonado, amenaza aún más ferozmente con tomar Groenlandia, territorio de facto perteneciente a Dinamarca y, por tanto, a la Unión Europea y a la OTAN. El mundo enfrenta momentos convulsos, un nuevo orden internacional basado en la fuerza bruta. Es la hora de los carnívoros, de la ley del más fuerte, de la erosión de los estatutos universales. Intentemos, mediante la fuerza que no es depredadora, que es la que reside en el pueblo, mantener los estándares mínimos construidos tras décadas de sangre derramada y evitar que estos líderes, estos depredadores, nos terminen por convertir en carroña.