Los recónditos muros de los hospitales guardan historias que encogerían el corazón de cualquiera. Sin embargo, y más a menudo de lo que pensamos, nos ofrecen un hermoso recuerdo que muestran lo mejor del ser humano. Esto es, sus ganas por vivir y seguir adelante. Es, al menos, lo que ha vivido una pareja estadounidense en la Clínica Mayo en Rochester, en Minnesota. Todo empezó cuando Jennifer Jones, de 30 años, y su pareja visitaron el centro hospitalario para hacer una prueba a su hijo menor.

Descubrieron que el niño sufría una fibrosis quística. Pero la visita al médico no quedó ahí. Uno de los doctores, que se fijó en que Jones no paraba de toser, le ofreció someterse a la prueba también. Así descubrieron que la joven padecía la misma enfermedad. Este trastorno genético, que reduce la esperanza de vida a los 37 años, había dejado la función pulmonar de Jones al 10%. Pero ella se negaba a rendirse.

Así, después de mucho luchar, Jones se sometió a un trasplante de pulmón. Su novio, Robert Ronnenberg, de 38 años, siguió todo el proceso junto a ella. Logró capturar el momento exacto en el que Jones, tras la intervención quirúrgica a la que se había sometido, probaba sus 'nuevos' órganos. "Me sentí como si estuviera volando. Pensé que estaba allí arriba y no pude respirar lo suficientemente profundo y fue increíble". Cuatro meses después del trasplante, Jones se encuentra recuperada recuperada.

No solo ella nota la recuperación. También su pareja, que celebra tanto como ella este cambio radical. "Puede mantener conversaciones sin detenerse para coger aliento y puede lavarse la cara en la ducha sin tener miedo del agua porque no puede contener la respiración", asegura Robert.