El juicio por el crimen de Godella ha arrancado este lunes en Valencia contra los padres acusados de asesinar a sus hijos en un ritual en 2019. El progenitor, Gabriel, ha negado haber tenido ninguna responsabilidad en el crimen, ni desde el punto de vista material ni como inductor. La Fiscalía lo considera inductor del asesinato y pide para él 50 años de cárcel. Mientras que a María, la madre, la considera inimputable porque padece esquizofrenia paranoide, por lo que solicita para ella 25 años de internamiento médico.

Las defensas de los acusados han reclamado la libre absolución y han señalado que ninguno fue responsable de las muertes a golpes de los niños (Amiel, un chico de tres años y medio, e Ichel, de seis meses). Aunque la defensa de la madre sí ha reconocido que fue María quien enterró los cuerpos. A preguntas del fiscal, Gabriel ha indicado que "unos días antes" del crimen llevó a María al psiquiatra a Godella, junto con la abuela materna, porque la vio "desvariar mucho".

"Me decía que escuchaba voces que le decían que tenía que matar a los niños, por eso la llevé al psiquiatra", ha asegurado. Sobre la noche en la que se produjo el crimen, ha dicho que se fue a dormir sobre las 22 horas con el niño a la cama, que fumó "uno o dos porros" antes, y que ella se fue con la niña -un bebé de cinco meses- a un sofá. "Las noches anteriores no había dormido bien porque María estaba muy nerviosa y como enfadada".

En esta línea, Gabriel ha proseguido explicando: "Me desperté por la mañana, cuando todavía no era de día, porque María se me estaba subiendo encima obligándome a tener relaciones. Estaba desnuda y fría, con el pelo húmedo, no era agradable. Vi que los niños no estaban, la empujé y fui a ver dónde estaban". "Ella me decía que estuviese tranquilo, que estaban en un sitio seguro, me llevó por varios caminos, hacia el cementerio de Rocafort, me decía que estaban en un sitio, luego en otro, tras unos arbustos... íbamos corriendo, yo en pijama y ella desnuda", ha añadido.

Gabriel ha afirmado que "hubo un momento en que ella le confirmó "que los había matado pero que los podía hacer renacer", y que tenían que "hacer el amor antes de que saliese el sol": "Luego me dijo que los niños estaban en un aljibe y al asomarme intentó tirarme dentro, lo esquivé, pero luego saltó ella y tuve que sacarla. Después se encerró en casa y yo seguí buscando por el jardín, vi sangre en las escaleras de la piscina", ha declarado entre lágrimas.

Al ser preguntado expresamente, Gabriel ha negado que actuase de común acuerdo con su mujer y que hubiesen acordado ambos ningún tipo de ritual con sus hijos.

Cronología de los hechos

Fue un vecino quien alertó a la Policía aquel 14 de marzo de 2019, cuando escuchó gritos y vio a una mujer desnuda corriendo pidiendo auxilio, huyendo de su pareja. Los agentes la localizaron escondida en un bidón y llena de arañazos. Se desplegó entonces un fuerte dispositivo de búsqueda para hallar a sus dos hijos: Amiel, de tres años y medio, e Ichel, de solo seis meses. Finalmente, María reconoció haberlos matado por "voluntad de dios", según afirmó.

La propia progenitora acabó guiando a los agentes al lugar donde había enterrado los cuerpos sin vida de los pequeños, en la apartada finca en la que vivían como okupas en el municipio valenciano de Godella. Según el fiscal, ambos acusados vivían en un mundo de creencias místico religiosas que María asumió. De acuerdo con el escrito de la Fiscalía, "compartían ideas en la existencia de una secta que los perseguía y abusaba de su hijo Amiel y que tenía la intención de secuestrarlos".

En ese delirio, habría matado a los pequeños. Un asesinato que el Ministerio Fiscal considera que se cometió de mutuo acuerdo entre ambos progenitores, según se desprende de su escrito, que relata cómo "primero bañaron a sus hijos en la piscina con el propósito de purificarlos y posteriormente les propinaron multitud de violentos golpes a ambos". Gabriel, sin embargo, lo ha negado todo: alega que esa noche él dormía y que cuando se despertó los niños ya no estaban.

La abuela materna de los niños había alertado a los servicios sociales dos días antes, tras recibir un mensaje de despedida de su hija, pero los protocolos fallaron y las medidas de protección a los pequeños no llegaron.