La vida en el submarino Tramontana de la Armada no tiene luz natural, discurre entre pasillos estrechos y reúne a 62 personas en un trabajo en el que hasta lo rutinario entraña un cierto riesgo. Ante un entorno hostil, la tripulación responde con buen humor y pequeños detalles para romper la rutina.

"Esto es una pequeña gran familia", resume el comandante del Tramontana, Jaime Bellido. "Lo que no quita que luego en las guardias seamos los más operativos del mundo y lo llevemos todo a rajatabla. Pero hay que intentar evadirse un pelín. Son muchas horas, muchos días, en un espacio muy reducido".

Bellido encabeza un equipo de once oficiales, 23 suboficiales y 28 marineros, parte de una flotilla de algo más de 300 personas destinados en los submarinos de la Armada.

Durante la tercera parte del año que sus tripulantes permanecen en alta mar, su vida se desarrolla entre pasillos en los que dos personas no se pueden cruzar y en los que el cambio entre el día y la noche se distingue con detalles como el color de la luz, blanca de día y roja de noche, para acostumbrar la vista a mirar por el periscopio.

Los espacios se aprovechan tan al máximo que en la proa, junto a las decenas de literas de varios pisos, se acumulan las bolsas de pan de molde y de patatas fritas, de las tuberías del techo cuelgan macutos y zapatillas y, como colofón, en las paredes exteriores de la sala (aunque separados del espacio habitable) se sitúan los torpedos.

Sus habitantes dicen que lo que más sorprende al llegar es la falta de intimidad, una de los detalles que más echan de menos de la vida en tierra. "Hay que tener mucha paciencia con los demás, hay que ser de buen carácter, no vale cualquiera para vivir 24 horas al día con gente.

Tú estás en la cama y al lado tienes uno, abajo otro, arriba . Excepto cuando vas al baño, en el baño estás solo pero te están tocando a la puerta", bromea el capitán enfermero Raúl Sánchez.

Los 62 tripulantes, 58 hombres y cuatro mujeres, comparten dos retretes y una ducha. Las duchas no suelen durar más de tres minutos, no solo por la cola que se formaría, sino por lo preciado del agua en unas salidas a alta mar que duran en torno a 18 días de media.

Una de las duchas del submarino Tramontana | @anapisonero

El tiempo para las duchas es el que hay entre guardia y guardia, espacios de tres horas durante el día y cuatro durante la noche. También es el momento de comer, descansar y tener un rato de ocio.

Los habitantes del Tramontana se enganchan a series como 'American Horror Story', 'Fargo' o 'The Americans' y juegan al dominó, al mus o al Monopoly. Las comidas son un momento especial de mano de cocineros como José Ángel Ginoris, que en un espacio minúsculo y con dos marmitas, un horno de resistencia y una plancha hace tartas para los cumpleaños a bordo y los domingos cocina de toda la tripulación.

"Aquí lo primero, la operatividad, pero ese tipo de cosas es lo que rompe la rutina. También da la casualidad de que tenemos un cocinero que se implica, otro te diría: mira, lo de todos los días, tu pan tostado. Él se implica, es una persona a la que le gusta lo que hace. Y aquí en el submarino se da mucho eso", explica el comandante Bellido.

Cocina del submarino, Tramontana | @anapisonero

El Tramontana "engancha": es una sensación que comparten muchos de sus tripulantes. "No hay nada que sea secundario, todo es importante. Aquí todo el mundo suma", cuentan. Hasta maniobras como la de ascender a 14 metros de profundidad para renovar la atmósfera y que los motores diesel puedan hacer la combustión, que se hace dos o tres veces al día, pueden ser peligrosas.

Antes de cada salida se chequea cada válvula, compartimento estanco y mecanismo durante dos horas para que todo esté a punto. Es una máquina perfecta que, pese a todo, puede fallar.

El comandante Bellido recuerda cómo les afectó el caso del submarino argentino ARA San Juan, desaparecido en noviembre de 2017 y hallado en el fondo del mar un año después."No solo por sentir que era un submarino de las mismas características que éste, sino porque nos sentimos identificados con los submarinistas argentinos", dice.

La tensión se combate con bromas y buen humor, "imprescindibles" para el buen funcionamiento del submarino: peticiones rocambolescas para los novatos ("¡tráeme un cubo de electrones!") o pintar con corcho quemado el visor del periscopio para que los restos de color negro se le queden en la cara a quien lo use.

Aunque echan de menos detalles como poder estirarse en la cama o darse una ducha larga, a los habitantes del Tramontana les gusta su trabajo. "Mientras no me aburra de navegar, estaré aquí", concluye Sánchez.