Según el auto del caso de la tragedia del Madrid Arena, aquella noche hubo sobreaforamiento. Se vendieron 16.492 entradas, sin contar las invitaciones, a pesar de que el aforo estaba limitado a 10.620 personas. De hecho, a las 2:55 horas, los controles eran prácticamente nulos, según la sentencia.

No se pedían los carnets para comprobar la edad de los asistentes ni se registraban los bolsos. El empresario Miguel Ángel Flores requirió que se dejase de registrar al público "porque tenía que pasar todo el mundo", destaca la sentencia.

Entre las 2:00 y las 3:00 horas de aquella madrugada, se modificaron los lugares de acceso y se abrió el portón cero. Tras ello, en apenas media hora, 3.000 personas accedieron al recinto. Este hecho fue una absoluta imprudencia que provocó el bloqueo de las puertas que deberían haberse empleado en caso de emergencia.

"Una masificación de gente increíble", es como describen los testigos la gran aglomeración que se produjo a partir de ese momento. La distribución de las plantas no se vigilaba, la pista estaba saturada y muchos de los asistentes querían salir, pero para entonces, cinco de los ocho vomitorios estaban cerrados.

Los jóvenes intentaron salir por uno de ellos, pero su reducido tamaño produjo una avalancha y numerosas caídas. Aquellos que quedaban debajo de la avalancha, llegaron a tener "hasta siete u ocho personas encima", según el auto. "Nos caímos al suelo y seguidamente empezó a caer gente, gente, gente...", relata Carmen Rodríguez, una de las testigos del caso. "Había una chica y dijo 'no puedo respirar'. Yo la oía a ella gritando 'no puedo respirar'", añade otra chica.

El juez, critica también la actuación de los dispositivos de atención a las víctimas. "Las tareas de rescate de las víctimas que quedaron atrapadas en el vomitorio se realizaron de manera absolutamente descoordinada, lenta y poco eficaz", dice la sentencia, explicando así que los implicados en la causa, no sólo no evitaron los errores, sino que los crearon y permitieron.