El coronavirus ya se ha cobrado en España casi 2.700 vidas. El elevado número de muertes está saturando la capacidad de los servicios funerarios en los lugares más afectados, donde a las defunciones como consecuencia del COVID-19 se suman además los decesos por otras enfermedades, edad avanzada o accidentes. Aunque despedirse del fallecido es parte fundamental del proceso de duelo, en tiempos de pandemia no hay lugar para funerales ni velatorios multitudinarios y, a veces, ni tan siquiera para abrazar a los seres queridos.

Las reuniones de un gran número de familiares del difunto pueden suponer un foco de transmisión: un pueblo de León ha tenido que permanecer completamente aislado durante varios días como consecuencia de un contagio masivo que se habría producido, precisamente, durante un funeral. Algo parecido a lo que ocurrió en otro sepelio celebrado en Vitoria, donde se habrían infectado 60 asistentes al comienzo de la crisis sanitaria.

Ante este riesgo, el Real Decreto por el que se estableció el estado de alarma recoge, además de las restricciones a la movilidad de los ciudadanos, medidas de contención para los lugares de culto y las ceremonias civiles y religiosas, incluidas las fúnebres. Así, y mientras dure el estado de alarma, la asistencia a estos actos queda condicionada a la adopción de medidas que eviten las aglomeraciones, de tal manera que se garantice una distancia de seguridad de un metro entre los asistentes. Los abrazos quedan, pues, descartados.

En la práctica, el acceso a los tanatorios ha quedado muy restringido y las ceremonias fúnebres, limitadas o directamente suspendidas: los velatorios no se celebran en el caso de fallecidos contagiados por el virus y el resto se han restringido o también se han cancelado.

En este sentido, la Comunidad de Madrid, la región con más contagios, ha prohibido este martes el velatorio de todos los fallecidos mientras estén en los tanatorios o en el Palacio de Hielo, que se ha habilitado como morgue de forma provisional ante la imposibilidad de cumplir los plazos para inhumar a los difuntos.

Así, la despedida del fallecido deberá producirse "cuando proceda" en los cementerios o crematorios, según recoge la Consejería de Sanidad en un procedimiento dictado este martes.

Por su parte, Mémora, el grupo funerario más grande de España, ya anunció el pasado sábado que no realizaría ceremonias ni velatorios de ningún difunto. Solo permite el acceso a sus instalaciones a la familia más cercana del fallecido y tan solo durante media hora. La empresa, que ha ofrecido llevar a cabo las ceremonias cuando concluya el estado de alarma, asimismo indicó que evitaría la coincidencia de más de una despedida a la vez en unas mismas instalaciones.

Protocolo para fallecidos por coronavirus

El coronavirus trastorna todo el proceso de gestión de un fallecimiento. Al respecto, el Ministerio de Sanidad prevé en su 'Procedimiento para el manejo de cadáveres de casos de COVID-19' una serie de precauciones especiales y también la recomendación de suspender los velatorios.

Según se recoge en dicho manual, aunque "no hay evidencia sólida hasta la fecha" , se considera que los cadáveres de personas fallecidas por el virus podrían suponer un riesgo de infección para quienes entren en contacto directo, "de acuerdo a lo observado para otros virus respiratorios y por el principio de precaución".

Por este motivo, se establece que el cadáver debe ser transferido lo antes posible al depósito tras producirse la defunción. Antes de su traslado, se permitirá a los allegados "más próximos y cercanos" despedirse "sin establecer contacto físico con el cadáver ni con las superficies u otros enseres de su entorno o cualquier otro material que pudiera estar contaminado". Las personas que accedan a la habitación del fallecido deben llevar bata desechable, guantes y mascarilla.

Por su parte, quienes se ocupen del traslado del cadáver deben llevar equipos de protección individual (EPI). El cuerpo del fallecido debe introducirse en una bolsa sanitaria estanca biodegradable, un proceso que debe realizarse dentro de la propia habitación de aislamiento. Una vez cerrada, se pulveriza con desinfectante.

Además, en el caso de fallecidos por el COVID-19 se desaconseja realizar autopsia, "por el riesgo biológico de contagio" y de propagación del virus. Además, según esta guía, no se deben realizar actuaciones de limpieza ni intervenciones de tanatopraxia o tanatoestética sobre el cadáver.

Las funerarias en Madrid, al límite

La crisis sanitaria del COVID-19 está sometiendo a una durísima prueba a los servicios sanitarios, pero también a los funerarios, que ven sus recursos saturados en los lugares más afectados, como Madrid. En el Ayuntamiento ya no quedan mascarillas ni equipos de protección, lo que ha llevado a la funeraria municipal a dejar de recoger los cuerpos de los fallecidos por el coronavirus, a la espera de obtener material.

Antonio, que se dedica a trasladar fallecidos para una de las funerarias más importantes de la capital, reconoce, en declaraciones a la agencia EFE, que están desbordados. De acuerdo con este profesional, lo habitual es que su empresa recoja unos 25 cadáveres al día, un máximo de 30 en una jornada "fuerte". Sin embargo, la pandemia ha aumentado esta cifra hasta una media de 80 traslados diarios.

"Lo más peligroso son los domicilios. Usamos buzos, monos plastificados, mascarillas de calidad, gafas y tres pares de guantes por cada intervención", explica este trabajador, que reconoce que le causa "mucha pena" la situación de las familias ante la pérdida, citando el traslado que realizó de un fallecido a un pueblo de Ourense: al entierro solo pudieron asistir su viuda, la hija, el yerno y un nieto. "Es muy triste, muy frío todo", lamenta.

Ante la sobrecarga de las funerarias, la Consejería de Sanidad de la región ha establecido que estas sean las responsables de retirar los cuerpos de los fallecidos en residencias de ancianos y domicilios, mientras que la UME se encargará de trasladar a los fallecidos en los hospitales. El procedimiento dictado por el Gobierno regional asimismo contempla que los cuerpos sean introducidos en el féretro "en el lugar donde se encuentre el cadáver".

Una situación muy dura para los familiares, que se ven privados de una despedida. Según explica Antonio, el ferétro "no se abre bajo ningún concepto" y en el crematorio, al que sí puede acudir algún allegado, se vuelve a sulfatar. Antes, solo pueden mirar la identificación que la funeraria pone en cada ataúd con los datos personales del fallecido. "Preguntan si es su familiar. Se lo tienen que creer", relata Antonio. "Es lo que peor llevo. Ver a los familiares así, sin poder despedirse", agrega.