Cuando se llevaron a Francisco, su hija mayor corrió tras el furgón dándole golpes. Era 1940. Sus nietos escucharon esta historia cientos de veces de boca del hijo pequeño de aquel zapatero, fusilado en plena Guerra Civil. Entonces tenía seis años. Ahora, gracias a las cartas que guardaba en la chaqueta, han conseguido identificarle y cerrar su historia.

Son los nietos de Francisco Sanz Herráez. Han encontrado a su abuelo gracias a unas cartas que él guardaba en el bolsillo de su chaqueta el 13 de julio de 1940, el día en el que fue fusilado, con sólo 40 años.

"Mi tía, cuando cogen a mi abuelo y lo meten en el camión, cierran las puertas y va golpeándolo. Y mi padre agarrado a la falda de su hermana", explica Francisco Sanz, uno de los nietos.

Su padre, ahora muy enfermo, les contaba la historia de su abuelo al que encontraron hace sólo unos días en la fosa común número 127 de Paterna.

Era el último de unos cuerpos represaliados durante el Franquismo, en los que la cal viva no había funcionado. Por eso se conservaban, medallas, lápices, sellos, papel en blanco y cuatro postales y una carta, envueltas en plástico.

Francisco Sanz, un zapatero de Benimament, en Valencia, que se escribía desde prisión con un amigo y con su mujer Nieves Monzó.

"Nieves, en una de ellas, comenta que le manda la manta y unos platos como él le había pedido", comenta la arqueóloga Victoria Domínguez.

Su familia y amigos hicieron todo lo posible por sacarle de la cárcel pero no llegaron a tiempo. Su vida, escrita a lápiz, se ha conservado 80 años después y ha permitido localizar a una familia que puede ahora empezar a cerrar heridas.