El COVID-19 se cobra ya más de 4.000 vidas en España, un país de calles desiertas por la amenaza de un virus que ha contagiado a más de 56.000 personas. El lunes se conocía la primera muerte de una persona encarcelada: una interna septuagenaria de la prisión madrileña de Estremera, que padecía patologías previas y murió en el Hospital de Arganda del Rey tras ingresar con una crisis respiratoria.

Más de 58.000 presos cumplen condena en alguna de las 69 cárceles que hay en España. Con la declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo, Interior decidió suspender todas sus visitas y permisos. Pero imponer las medidas de distanciamiento social a la población reclusa, particularmente vulnerable al contagio por las condiciones del internamiento, no es sencillo. ¿Cómo se confina a quienes ya están confinados?

Juan (nombre ficticio) pide que no aparezca su identidad real en este reportaje por temor a ser sancionado. Es funcionario de prisiones en una cárcel del centro peninsular, convertida en un polvorín, según cuenta, a raíz de la crisis sanitaria: al temor al contagio se suma el miedo a un motín inminente, alentado por el síndrome de abstinencia entre los presos con adicciones.

"Como han cortado los vis a vis, la droga ya está empezando a escasear"

La suspensión de las comunicaciones por el coronavirus ha interrumpido de golpe la entrada de estupefacientes en el centro penitenciario, aumentando la tensión entre sus muros. "Claro que están inquietos. La principal entrada de droga que hay es en los vis a vis íntimos y familiares", explica Juan. "Como han cortado los vis a vis, la droga ya está empezando a escasear", agrega este funcionario, que define el ambiente de la cárcel como una "calma tensa".

Algunos presos, advierte, "están constantemente amenazando con que se van a amotinar o van a hacer un plante". "Amenazan con que van a hacer como en los 90, que van a secuestrar funcionarios y los van a matar", insiste Juan. Una situación ante la que los trabajadores de la cárcel, dice, se sienten "desprotegidos y con el miedo en el cuerpo".

Protocolos de aislamiento para presos con síntomas

Al temor a que las restricciones por el virus desemboquen en una revuelta -como la que acabó con la muerte de seis presos en una cárcel italiana- se suman las complicaciones para aplicar las mismas medidas preventivas que rigen en el exterior. En el economato, por ejemplo, se forman colas donde es muy complicado que los presos respeten la distancia de seguridad, explica Juan. Además, aunque las hay individuales, muchos reos viven en celdas compartidas.

En este sentido, el funcionario critica que en plena pandemia no se hayan cancelado actividades ni talleres y que se siga permitiendo el uso del gimnasio de la cárcel. "Si en la calle han cerrado colegios, han cortado cualquier actividad, ¿por qué los talleres ocupacionales en el centro penitenciario siguen funcionando?", plantea.

En módulos con mucha población, precisa, se han establecido turnos de comidas, pero no en todos, y permanecer aislado en la celda a lo largo del día queda "a criterio del propio interno". Hasta ahora, era obligatorio salir. Con el coronavirus, "deciden ellos si se quieren quedar en la celda o no", añade Juan.

Sí hay, en cambio, un protocolo si algún reo muestra síntomas del virus. "Lo llevamos a que lo vea el médico, se le pone una mascarilla y se le mete en una celda de aislamiento sanitario. Si tenía compañero de celda, a este se le mete en aislamiento sanitario preventivo", detalla Juan. También en cuarentena quedan "todos aquellos internos que hayan venido del exterior", ya sea porque acaban de ingresar en la prisión o porque han regresado de un permiso, añade.

"Nos las vemos y nos las deseamos para una mascarilla", denuncia un funcionario de prisiones

Pero Juan echa en falta más medidas de protección, máxime cuando ya se han registrado casos de coronavirus dentro de la cárcel. En estos momentos, precisa, una decena de internos permanecen aislados tras mostrar síntomas, y casi 40 de sus compañeros están de baja por el mismo motivo.

"Nos las vemos y nos las deseamos para una mascarilla", lamenta. Los presos, recuerda, no tienen exposición al exterior, pero los funcionarios sí. Él, admite, trabaja "atemorizado" ante la posibilidad de contagiar a otros o de contagiarse él. "Los internos están aislados, de fuera solamente vamos los funcionarios, pero podemos ser asintomáticos", apunta Juan, que explica que sí cuentan con geles de alcohol y guantes de vinilo.

Esta misma semana, Instituciones Penitenciarias ha comenzado a repartir entre las prisiones 40.000 mascarillas remitidas por Sanidad, que se entregarán a cada centro en función del número de trabajadores y de la incidencia del coronavirus. Por su parte, la UME ha comenzado a desinfectar las cárceles, entre ellas la de Estremera, donde cumplía condena la presa fallecida.

En estas circunstancias, Juan denuncia que el mismo fin de semana en que se declaró el estado de alarma, con el país ya inmerso en la crisis sanitaria, se realizó un traslado de internos de una cárcel a otra. "Se produjo una conducción en estado de alarma. Es impensable", reprocha. Precisamente, concluye, uno de los presos trasladados ha dado positivo.