Salah Jama da largos paseos buscando una solución, pero es difícil. Este ganadero de Somalilandia, uno de los territorios más afectados por la emergencia climática en el mundo, lleva 35 años viviendo en el poblado del que es jefe. Siempre ha velado por su supervivencia, pero ahora está muy preocupado: "El Gobierno conoce nuestras necesidades, pero hay 78 pueblos igual que el nuestro y no hay recursos", explica.

En tres años, su ganado se ha ido y con él su libertad y su medio de vida. Y es que en Somalilandia, los camellos suponen la fuente de ingresos necesaria para el día a día, de donde sale el dinero para las medicinas de los hijos o los hospitales a los que llevan a las personas mayores cuando enferman. Por eso ahora hay que mantener con vida a los pocos ejemplares que han aguantado las duras sequías, pero para eso necesitan agua.

"Antes tenían depósitos de agua para filtrar la lluvia. Pero ahora llueve menos y eso hace que el agua subterránea sea más salada", indica Abdiziz Adami, del equipo de Oxfam Intermón en Somalilandia. Esta organización ha puesto en marcha una desalinizadora que funciona con energía solar, a coste cero. Esta permite a más de 120 familias tener agua fresca, limpia y dulce.

La selección de semillas ha sido otra de sus apuestas para paliar las consecuencias de la sequía. Un banco de semillas selecciona las más resistentes al nuevo clima para repartirlas después entre los agricultores.

Son pequeños proyectos que han permitido a personas como Yazira no tener que abandonar su hogar y aprender a sobrevivir de nuevo desde su pequeña tienda en su aldea.