Con el experimento social #TheUnescapeRoom que organiza Unicef, se ha podido mostrar la dura realidad a la que se enfrentan día tras día millones de niños en el mundo. Viven en 'habitaciones sin escape' con escenarios como: la calle, una mina, un vertedero, una fábrica, como mendigos, esclavos sexuales o sirvientes, etc.

"Lo que más me toca es saber que esto está pasando", "Necesitamos experimentar para entender", "Se te encoge un poquito el corazón" son algunas de esas reacciones de los participantes del experimento. Pero lo que para ellos ha sido solo un juego de una hora, la que tardan en salir de esa mina simulada, para millones de pequeños en todo el mundo es la realidad de su día a día, sin posibilidad alguna de salir.

 

Como el pequeño Kalala, que con tan solo cinco años comenzó a trabajar en las minas de diamantes de la República Democrática del Congo, donde ganaba entre uno y dos dólares diarios que le daban para comprar comida y ropa y dar el resto a su familia.

O Halima, que trabajaba en los campos de Costa de Marfil recogiendo, empaquetando y transportando cacao metido en sacos que "pesaban muchísimo". Gracias a que su comunidad ha aprendido que pueden producir sin necesidad de que los niños trabajen, esta pequeña de diez años puede ahora soñar con acabar sus estudios y ser profesora.

Hadiza, de Níger, empezó a pedir por la calle tras perder a sus padres, pero lo dejó porque los hombres le pedían que se "acostara con ellos"; a los doce años comenzó a trabajar de asistenta en "una casa grande de un hombre con tres esposas" por seis dólares al mes, pero también tuvo que parar porque abusaban de ella.

"Un niño que trabaja en condiciones extremas está siendo privado de todos sus derechos. Sin acceso a la salud, a la educación o al juego, para estos niños la vida es un infierno", como lo es la de aquellos que mendigan o trabajan en tareas domésticas, que están además expuestos a todo tipo de abusos y de violencia, ha censurado el director ejecutivo de Unicef Comité Español, Javier Martos.

De hecho, 151,6 millones de menores de entre 5 y 17 años se ven obligados o forzados a trabajar; casi la mitad lo hacen bajo condiciones tan peligrosas como manipular productos químicos, respirar sustancias tóxicas, transportar cargas pesadas o desarrollar labores en las alturas, bajo el agua, en recintos confinados o por la noche.

África Subsahariana es la región con la más alta incidencia de niños trabajadores, seguida por Asia y América Latina. Erradicar el trabajo infantil forzoso para 2025 es una de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y aunque el número de niños que trabajan en condiciones peligrosas se ha reducido en más de un 50 %, lo cierto es que en los últimos años la caída es más lenta.

Para ello, es "necesario no bajar la guardia, y trabajar con los gobiernos y las empresas para fortalecer los sistemas de educación, y de protección infantil a través de legislaciones más estrictas, ha concluido Maite Pacheco, directora de Sensibilización y Políticas de Infancia.