El de Israel es un caso de éxito en la campaña de vacunación frente al COVID-19. En poco más de un mes, ha conseguido vacunar a casi la mitad de los 8,8 millones de personas que viven en ese país. Y el éxito de los pinchazos ya se está notando en los datos de hospitalización, que muestran caídas de los ingresos.

Israel ha conseguido vacunar al 48% de su población con la primera dosis y a un 17% con la segunda. ¿La razón? Entre otras, se ha asegurado un suministro mayor al de otros países gracias a que paga tres veces más por dosis de lo que abona, por ejemplo, la Unión Europea.

"Queremos inocular a millones de personas mientras el país sigue cerrado", asegura su primer ministro, Benjamin Netanyahu, que en marzo se presenta a unas nuevas elecciones parlamentarias después de que fracasase su coalición de Gobierno.

Aunque la campaña tenga un regusto electoral, lo cierto es que los datos arrojan un efecto positivo: según un estudio elaborado con 400.000 personas, el 72% de los mayores de 60 años ya ha recibido una primera inyección y el nivel de contagios en ese grupo de edad ha descendido un 60%. Entre quienes han recibido las dos dosis, los contagios se reducen entre un 80 y un 90%.

Asimismo, tasa de hospitalización se ha reducido en esa franja de edad casi un 50%, liberando a los hospitales y permitiendo invertir en más vacunas.

De los vacunados, solo un 0,01% ha desarrollado posteriormente la enfermedad, una eficacia por encima del 95% que aseguraba la compañía.

Con todo, el "éxito" de esta campaña tiene dos grandes líneas rojas. El país sigue en un confinamiento domiciliario y no se tiene en cuenta a los 5 millones de palestinos en territorios ocupados.