Cuando en 2018 la FIA decidió añadir el halo a los monoplazas hubo multitud de quejas. Que si la estética no iba a ser la misma, que si se reducía la visión del piloto... A día de hoy es un acierto que ha evitado tragedias, como pudo haber sido el accidente de Lewis Hamilton y Max Verstappen en el GP de Italia del pasado domingo.

Los coches de Fórmula 1 siempre se han caracterizado por ser los únicos en los que la cabeza del piloto queda al descubierto de la carrocería. Es la esencia del deporte tal y como se le conoce, aunque eso necesitaba un cambio.

Las incorporaciones de varios elementos de seguridad durante los últimos años en la categoría habían sido muy exitosos. El último caso fue el del HANS, esa especie de collarín que une asiento, casco y hombros de los pilotos con tal de evitar golpes internos con el movimiento de la cabeza causado por las fuerzas tan extremas a las que los corredores se enfrentan en caso de accidentes a muy altas velocidades.

 

Sin embargo, varios accidentes evidenciaron las aún carencias de seguridad que hay en un deporte que nunca será del todo seguro, pero que ha ido mejorando y puede seguir haciéndolo.

En la Q2 del GP de Hungría de 2009, un muelle del monoplaza de Rubens Barrichello se desprendió, y cuando seguía en el aire impactó y atravesó el casco de Felipe Massa, quien quedó inconsciente mientras rodaba a 250 kilómetros por hora e impactó contras las protecciones del circuito.

 

Massa pudo perder un ojo, y la vida, pero se recuperó satisfactoriamente, algo que no sucedió en los casos de María de Villota y Jules Bianchi. La española perdió un ojo y posteriormente falleció a causa de las secuelas del golpe contra un tráiler, mientras que Jules no pudo recuperarse nunca del choque contra una de las grúas de Suzuka.

Todos esos golpes fueron directos a la cabeza de los pilotos y por ello la Fórmula 1 probó durante años dos elementos que pudieran proteger más esa zona del cuerpo: el escudo y el halo.

En otras disciplinas, como la IndyCar, se optó por esa especie de cabina que recubre todo el 'cockpit', pero para el Gran Circo se optó por el elemento en forma de dos barras, una que queda anclada al coche en la parte frontal de la visión del piloto y se junta como anexo a la parte principal, en forma de U, que rodea la cabeza por encima simulando una aureola.

De ahí su nombre, el halo, el cual ha demostrado que los milagros existen. Ya sucedió en Spa 2018 cuando Fernando Alonso salió despedido por encima del coche de Charles Leclerc en la salida, en el espeluznante accidente de Romain Grosjean en el GP de Bahréin de la temporada pasada y esta última prueba del año en Monza.

 

Lewis Hamilton pudo haber sufrido muchos más daños con el impacto del fondo plano y lateral del Red Bull de Max Verstappen, pero sobre todo con la rueda posterior derecha, que llega a golpear el casco del británico.

El siete veces campeón del mundo lo tiene claro: "Gracias a Dios por tener el halo... creo que definitivamente me ha salvado el cuello".