La contaminación atmosférica, ese problema tan grave al que nos enfrentamos, es en parte culpa de la industria automovilística. Es evidente que con el paso del tiempo las mejoras introducidas han hecho que los vehículos actuales, los que se venden hoy día, sean infinitamente más limpios que los que se han vendido hace unos años. Sin embargo, parece que una de las respuestas que nos da la industria a este problema es la llegada de la tecnología eléctrica, a priori mucho más limpia que la de combustión.

Nadie discute que un motor eléctrico, en su funcionamiento, no emite ni una sola partícula contaminante, sea del tipo que sea. Y es que la tecnología eléctrica permite que un vehículo pueda moverse, desplazarse -cada vez más rápido y más lejos- sin emitir partículas contaminantes...¿o no?

Desgraciadamente un vehículo eléctrico también emite partículas contaminantes por el simple hecho de estar desplazándose. ¿Cómo es eso posible? La respuesta la encontramos en algunos de los componentes que forman un vehículo, y que sirven para que podamos movernos con seguridad. Hablamos, por ejemplo, del equipo de frenos, de los neumáticos o de las suspensiones.

La fricción generada por los equipos de frenos, los neumáticos o los sistemas de amortiguación hace que se desprendan partículas propias del desgaste de las pastillas de freno -compuestas básicamente por ferodo-, de la banda de rodadura del neumático -compuesta fundamentalmente por caucho- y de los amortiguadores, compuestos por goma y metales.

Que nadie se alarme: la cantidad de partículas nocivas es pequeña, pero no es despreciable. Tanto es así que Volkswagen, por ejemplo, está trabajando ya en el desarrollo de filtros antipartículas para los frenos, una solución que te explicamos en este artículo. Tenlo claro: la solución ideal no existe, y pese a que un vehículo eléctrico es muy limpio en su utilización, no es perfecto...como tampoco lo son los vehículos a combustión.