¿Y AHORA TAMBIÉN HAY QUE PAGAR POR LOS ASIENTOS?
Suscripción vs compra: ¿quién ganará la batalla?
Algunos fabricantes quieren que paguemos una suscripción mensual para activar funciones que, curiosamente, ya están instaladas en el coche desde el primer día. La idea es sencilla: en lugar de pagar por todo al principio, abonas una cuota cada mes y decides qué activar. Como con Netflix, pero en tu coche.

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Hasta hace poco, uno compraba un coche y sabía lo que se llevaba. Si el modelo venía con asientos calefactados, pues los tenías y punto, pero eso está cambiando.
La teoría suena bien, sobre todo para quien busca flexibilidad. Si vives en una zona cálida, quizá prefieras no pagar por los asientos calefactados en verano. O si no sueles usar el navegador integrado, ¿para qué pagarlo? El problema es que muchas de estas funciones no se presentan como opcionales reales, sino como parte del equipamiento ya incluido que se cobra aparte, como si hubieras comprado una tele con HDMI pero tuvieras que pagar cada mes para activarlo, y claro, eso molesta.
A esto hay que sumar que la sensación de propiedad se diluye. Un usuario medio, que ha hecho un esfuerzo económico para comprarse su coche, difícilmente entenderá por qué tiene que seguir pagando para usar algo que ya está ahí. La suscripción puede funcionar para algunos servicios puntuales o de alto coste, pero para el ciudadano medio, con ingresos ajustados y necesidades razonables, esto suena a “esquilmar” al cliente.
Haciendo cuentas: ¿cuánto sale la broma?
Pongamos un ejemplo sencillo. Una suscripción de 10 euros al mes por los asientos calefactados. Si vives en una zona fría y los usas seis meses al año, ya son 60 euros. En cinco años, 300. En diez, 600, y todo por una función que muchos modelos incluyen por 400 euros si la compras de serie. Es decir, al final pagas más por menos, y encima con la sensación de estar alquilando algo que debería ser tuyo. Difícil de digerir para quien hace malabares para llegar a fin de mes.
Lo mismo ocurre con otras funciones básicas como la navegación, los mapas en tiempo real o los faros automáticos. Son elementos que ya no se perciben como lujos, sino como parte natural del equipamiento moderno. Cobrar aparte por ellos genera frustración. BMW lo sabe bien: en 2022 lanzó la suscripción para asientos calefactados en algunos países y tuvo que recular tras las críticas. También lo intentó con Apple CarPlay, pero volvió a incluirlo sin coste tras la oleada de quejas.
Sin embargo, no todo es blanco o negro. Hay casos en los que la suscripción puede tener sentido. Un sistema de conducción autónoma, como el Full Self-Driving de Tesla, cuesta más de 10.000 euros. Si solo lo vas a usar puntualmente —por ejemplo, en viajes largos—, quizá prefieras pagar 200 euros al mes durante un tiempo limitado. Lo mismo con funciones de entretenimiento premium o servicios conectados avanzados. En estos casos, el pago por uso puede ser una ventaja.
¿Quién ganará entonces?
Por ahora, la batalla sigue abierta. Algunos fabricantes apuestan fuerte por este modelo porque les permite ingresos recurrentes y simplifica la producción: fabrican todos los coches iguales y luego cada cliente desbloquea lo que quiere. Pero desde el punto de vista del consumidor medio, la estrategia chirría. No se trata solo del dinero, sino de la percepción: si sientes que te están cobrando por todo lo que respira, lo más probable es que empieces a desconfiar de la marca.
La mayoría de usuarios prefiere pagar una vez, aunque suponga un esfuerzo mayor al inicio, y olvidarse del asunto. Lo que buscan es claridad, transparencia y sensación de control. Además, muchos conductores no tienen necesidades tan complejas como para justificar diez suscripciones distintas dentro de su coche. Lo que quieren es comodidad, seguridad y un buen equipo de música. Si para eso hace falta pagar 30 euros al mes en conceptos poco claros, la experiencia se resiente.
En resumen: la suscripción puede tener su sitio, pero solo marginalmente. Para los servicios realmente opcionales o de alto coste, puede ser útil. Para las funciones básicas, es un error de planteamiento, y como siempre, la clave será escuchar al usuario medio. Porque si ese cliente siente que le están cobrando dos veces por lo mismo, no se lo pensará mucho antes de cambiar de marca o tomar soluciones más creativas.
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