NORMATIVA HISTÓRICA

Al lado de esta ridícula ley histórica para frenar el auge de los coches, lo de la luz V16 es una broma

¿Imaginas tener que contratar a un "escolta" a pie solo para poder arrancar tu vehículo? Así era la ley más ridícula del siglo XIX.

Al lado de esta ridícula ley histórica para frenar el auge de los coches, lo de la luz V16 es una broma

Al lado de esta ridícula ley histórica para frenar el auge de los coches, lo de la luz V16 es una bromaGenerada por IA

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Imagina ir a por tu coche y descubrir que, por ley, necesitas contratar a tres personas adicionales para poder conducirlo legalmente. Una de ellas agitando un banderín, y que además, debes circular a 6 kilómetros por hora y si alguien con un caballo levanta la mano, estás obligado a detenerte inmediatamente. Para colmo de males, si tu motor hace demasiado ruido o asusta a algún animal, te arriesgas a una multa de proporciones bíblicas. Suena a ficción, pero fue la realidad en Inglaterra durante más de 30 años.

Se llamaba Red Flag Act, y era una normativa tan monumentalmente ridícula que clavó los frenos en el desarrollo de la industria automovilística británica durante generaciones.

El complot de los caballos y los trenes para matar al coche antes de nacer

Los primeros vehículos autopropulsados eran básicamente locomotoras de vapor adaptadas para carreteras y representaban una amenaza existencial para dos industrias inmensamente poderosas: el transporte ecuestre, que movía literalmente toda la economía británica desde el transporte de mercancías hasta el correo postal, y los ferrocarriles, que habían invertido fortunas colosales en vías férreas y no querían competencia rodada en las carreteras. Estas dos industrias tenían representación directa en el Parlamento a través de amiguetes.

Los argumentos para justificar la Red Flag Act decían que los vehículos a motor de gasolina generaban nubes de polvo que asfixiaban a los peatones, que el ruido de los motores de vapor aterrorizaba al ganado, y que los accidentes con caballos asustados aumentaban en las carreteras rurales diseñadas para tracción animal.

La solución que se les ocurrió fue la de legislar el progreso tecnológico hasta que el automóvil quedó reducido a un juguete para millonarios excéntricos y un empresario que quisiera transportar mercancías en vehículo motorizado debía pagar tres salarios adicionales, avanzar más lento que un caballo de tiro y soportar detenciones constantes.

Mercedes Benz 1885
Mercedes Benz 1885 | Mercedes-Benz

Mientras Inglaterra caminaba, Alemania aceleraba hacia el futuro

Las consecuencias de la Red Flag Act fueron catastróficas, porque mientras en la década de Karl Benz desarrollaba el primer automóvil práctico de gasolina en Alemania y los hermanos franceses Panhard perfeccionaban los motores de combustión interna, los ingenieros británicos como Frederick Lanchester se enfrentaban a unas barreras legales insuperables. Las pruebas de velocidad eran ilegales, los ensayos urbanos requerían permisos imposibles de conseguir, y cualquier innovación se daba de frente contra unas regulaciones pensadas para locomotoras de vapor de cinco toneladas y no para vehículos ligeros de pasajeros.

Francia aprovechó este vacío legislativo, y para 1900 producía el 75% de todos los vehículos motorizados del mundo. Peugeot, Renault y De Dion-Bouton florecían y organizaban carreras espectaculares como la París-Burdeos que demostraban las capacidades de sus máquinas a velocidades de 80 km/h. Era algo impensable en Inglaterra, donde superar los 6 km/h te convertía en un vulgar criminal.

Alemania veía nacer ya antes de Volkswagen a gigantes como Mercedes-Benz que exportaban tecnología por toda Europa, y el Reino Unido, la cuna de la Revolución Industrial y líder mundial en fabricación de maquinaria, se quedó mirando cómo el futuro del transporte los dejaba atrás tragando humo de escape.

Los fabricantes británicos que querían desarrollar automóviles tenían dos opciones, que consistían en mudarse al extranjero o esperar décadas a que el Parlamento entrara en razón. Muchos eligieron la primera y montaron sus talleres en Francia o Alemania y los que se quedaron lucharon durante años formando el Automobile Club y organizando campañas de presión parlamentaria y demostraciones públicas.

La fiesta de 1896 llegó 30 años tarde y el daño ya era irreparable

La revocación de la Red Flag Act llegó con más de una década de retraso tecnológico e industrial. Aún así, El Automobile Club organizó el famoso Emancipation Run de Londres a Brighton, y docenas de vehículos celebraron su libertad recién encontrada conduciendo los 90 kilómetros sin banderas rojas en un evento que todavía se conmemora anualmente.

Las tres décadas perdidas resultaron imposibles de recuperar porque Francia y Alemania habían consolidado ya sus industrias automovilísticas y tenían patentes clave registradas y un expertise técnico que el Reino Unido simplemente no poseía. Las marcas británicas que emergieron en los años 1900, como Austin y Morris, tuvieron que importar tecnología extranjera al comienzo y tardaron décadas en alcanzar la calidad de sus rivales continentales.

Para colmo, las leyes posteriores demostraron que el Parlamento había aprendido poco de su error colosal porque la Motor Car Act de 1903 introdujo registros obligatorios, placas de matrícula y licencias de conducir, pero mantuvo límites de velocidad de 32 km/h con multas que rozaban lo psicopático, mientras los debates parlamentarios seguían describiendo el polvo de los automóviles como una "plaga moderna" que justificaba impuestos punitivos.

¿Cuál es la lección final?

La Red Flag Act es el ejemplo perfecto de cómo las regulaciones que en apariencia son bien intencionadas desangran a industrias enteras. Es una historia cíclica que habla de políticos, intereses, y ceguera.

Seguramente mientras leías esto has pensado en el paralelismo con algunas regulaciones contemporáneas sobre vehículos eléctricos, emisiones y tecnologías automotrices, y es que la diferencia entre regular inteligentemente para seguridad pública genuina y estrangular el progreso con burocracia proteccionista sigue siendo tan delgada hoy como lo fue en 1865, y los costes de equivocarse siguen significando décadas de oportunidades perdidas.

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