UNA PIEZA CARA DE REEMPLAZAR O ARREGLAR

Los dos escenarios en los que estás haciendo sufrir -innecesariamente- al turbo de tu coche sin darte cuenta

El turbo se ha convertido en el alma de la mayoría de motores de combustión actuales: sin ellos, su funcionamiento no sería ni parecido al que son capaces de ofrecer. Por eso, cuidarlo en todo momento es una gran decisión que, además, nos permitirá ahorrar miles de euros con el paso del tiempo.

El motor es un V8 bi-turbo proveniente de la producción

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En los últimos años el uso de la sobrealimentación se ha extendido de manera más que notable en la industria automovilística: su presencia es ya casi la norma, de manera que los motores de aspiración atmosférica son ahora minoritarios cuando hace apenas un puñado de años eran lo habitual, siendo los motores turbo la excepción. El turbo ha permitido aumentar el rendimiento y a la vez la eficiencia de los motores de combustión, por lo que su utilización está además ampliamente aceptada entre los conductores.

El principio de funcionamiento del turbo es relativamente sencillo, ya que se trata de una pequeña turbina que acelera los gases de admisión para mejorar el 'llenado' del cilindro y, por tanto, permitir explosiones más energéticas en el interior de los cilindros lo que, en la práctica, se traduce en un nivel de prestaciones y potencia más alto. Además, a bajas cargas permite que el motor siga funcionando con poco consumo de carburante, lo que a la larga permite también ahorrar bastante dinero.

Sin embargo, el turbo también es una pieza delicada: está sometida a grandes temperaturas procedentes de los gases de escape, necesitando además una lubricación y refrigeración óptimas para reducir asi el desgaste y las posibilidades de avería. En ocasiones, sin darnos cuenta, estamos sometiendo al turbo de nuestro motor a esfuerzos innecesarios. ¿Sabes cuándo?

¿Cuándo estás forzando el turbo de tu coche?

Existen dos situaciones en las que el turbo de tu coche puede sufrir más de la cuenta y no te has dado cuenta:

  • Paradas bruscas: cuando estamos en medio de un viaje y, por la razón que sea, detenemos el coche de manera repentina. Es el caso de una parada en un peaje o en una gasolinera tras haber circulado durante cientos de kilómetros a velocidad constante, en la que el turbo ha estado girando. Cuando esto sucede, el aceite que ha estado circulando en el interior deja de moverse lo suficientemente rápido, de manera que puede quemarse y producir daños muy graves en el turbo.
  • Circulación agresiva: si, por ejemplo, está lloviendo y pisamos un charco muy profundo que haga salpicar el agua en todas direcciones, podremos mojar la carcasa del turbo en un gesto que puede llegar a producir un choque térmico tan fuerte que derive en grietas y defectos graves en la misma, lo que a la larga supone un desgaste prematuro del turbo.

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