El coronavirus ha cambiado nuestra forma de ver el mundo. Pero también provocará otro tipo de cambios. Muchas ciudades verán cómo su morfología cambia para favorecer una nueva movilidad una vez pase la fase más crítica de la pandemia.

La dirección que parecen estar tomando muchas grandes urbes del mundo es la de priorizar el traslado a pie y en bicicleta por encima del vehículo privado, dado que el transporte público es una posible fuente de contagios por las aglomeraciones que provoca. En muchas ciudades, las aceras no son lo suficientemente anchas para mantener el espacio mínimo de seguridad, por lo que en varios lugares se aboga por ampliarlas.

En Milán, la semana pasada presentaron un plan que permitirá disponer de 35 nuevos kilómetros de carriles bici y zonas peatonales. No es la única en haber seguido este camino. Ciudades como Viena, Boston, Vancouver o Budapest están aplicando medidas para que haya alternativas al desplazamiento en coche. También en Reino Unido se ha anunciado que se permitirá a los municipios prohibir el acceso de vehículos a algunas calles.

La iniciativa más ambiciosa proviene de Nueva Zelanda, donde las calles se han pintado de un color brillante para priorizar el tránsito de peatones y ciclistas y se han instalado pivotes para reducir la velocidad de los vehículos. Además, el gobierno se ha comprometido a cubrir hasta el 90% de los costes de las obras de los municipios para ampliar los carriles bicis o las aceras.

En España también han surgido las primeras voces en defensa de este nuevo modelo. La pasada semana, la Red de Ciudades por la Bicicleta (RCxB) proponía una ambicioso propuesta para tratar de fomentar su uso tras el desconfinamiento. Ahora, Barcelona parece haber dado también un paso adelante con un plan que incluye la cesión de 21 kilómetros de carriles a los ciclistas y de otros 12 a peatones.