El coche eléctrico parece la solución idónea para algunos, la solución equivocada para otros. Como siempre cuando hablamos de un tema tan importante como el de la movilidad personal, que implica a tanta gente y es capaz de producir cambios tan grandes alrededor del mundo, ninguna solución es la idónea, ninguna solución es capaz de satisfacer a todo el mundo.

No obstante, los resultados están ahí, a la vista de todo el mundo: Noruega, un país rico en recursos naturales como petróleo y gas, apostó hace años con mucha fuerza por los vehículos eléctricos, una apuesta que comienza a demostrarse como acertada, a tenor de los datos que conocemos durante estos días. No hay más que mirar las listas de ventas del país noruego: la mitad de vehículos nuevos matriculados en 2019 son eléctricos, un porcentaje inimaginable para países como España.

¿Cómo es posible que un país como Noruega tenga tantos vehículos eléctricos en circulación? Las ventajas en términos impositivos y la más que notable renta per cápita de sus habitantes tienen mucho que ver, impulsando así una transformación que, por otro lado, no sería posible sin la vastísima red de puntos de carga con la que cuenta Noruega.

Bergen es una de las principales ciudades del país, situada al sur del territorio, y sirve como ejemplo para ver la progresión de este tipo de vehículos, así como su efecto sobre la sociedad: los niveles de contaminación han descendido hasta alcanzar cifras propias de hace casi 20 años, eliminando buena parte de los gases contaminantes que producen los motores de combustión como, por ejemplo, los dióxidos de nitrógeno, cuyo nivel es similar al del año 2002.