Existe una cultura de la infalibilidad.

En la que se nos prohíbe el fallo.

En la que no se nos está permitido errar.

En la que no podemos equivocarnos.

Ni dudar.

Existe una exigencia prístina que nos aboca a una perfección imposible.

Si no sabemos algo.

Es que no sabemos nada.

Existe una presión constante para que no nos quedemos en silencio.

Para que estemos continuamente opinando.

Actualizando nuestros estados.

Generando ruido.

Porque tanto suenas.

Tanto llevas.

Existe una orden virtual para ser la persona más graciosa, la más mordaz, la más divertida, la más ingeniosa y la más sarcástica.

En la que la persona que es capaz de herir con mayor profundidad y más rapidez.

Es la más aplaudida.

Como si la capacidad de hacer daño estuviera ligada a la inteligencia.

Cuando lo único inteligente es la bondad.

Existe una falsa creencia de que si no estás todo el rato visible.

No existes.

Desapareces.

Los seres humanos no somos infalibles.

No somos máquinas de precisión.

Los seres humanos estamos vivos.

Y la vida está llena de matices, de incoherencias, de dilemas, incertidumbres y preguntas.

Negar, evitar, intentar aparentar una seguridad inexistente.

No nos convierte en héroes o heroínas.

Nos convierte en personas que mienten.

Por eso es tan importante reivindicar nuestras confusiones.

Porque todos y todas la cagamos.

Una y otra vez.

Y es injusto que se nos valore por un único acto.

Que todo lo demás no valga absolutamente nada.

Que no se nos dé otra oportunidad.

Que se nos haga una fotografía fija mental.

Que impida nuestro movimiento.

Que detenga la simple posibilidad.

De que haya una próxima vez.

En la que lo hagamos mejor.