El Premio Nobel de Economía es un invento bancario. Se sabe que Alfred Nobel no tuvo voluntad de incluir dicha categoría en sus famosos galardones. Lo que sucede es que en 1968 se estableció el Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia a la memoria de Alfred Nobel y, de esta manera tan tramposa, todos los años se habla del Nobel de Economía. Pero nada más lejos.

Por seguir con la farsa, en 1976, este pseudopremio se entregó al representante de la Escuela de Chicago, el gurú del neoliberalismo más atroz. Hablamos de Milton Friedman, asesor de Reagan y de Margaret Thatcher, y economista que influyó de manera directa en el deterioro del tejido social durante los años 80, convirtiendo a los ricos en más ricos y a los pobres en más de lo mismo. Sus discípulos, los Chicago Boys, fueron un grupo de economistas chilenos formados en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, chicos sin escrúpulos que guiaron a Pinochet en el expolio económico que sufrió Chile en beneficio del imperialismo estadounidense. De alguna manera, Pinochet tenía que pagar los gastos que supuso su Golpe de Estado.

'Milagro de Chile' se denominó al chanchullo. Lo peor de todo es que todavía hay gente que se lo cree, al igual que se cree que el Premio Nobel de Economía existe y que está a la altura del de Física, Medicina o Literatura. Pero nada más lejos, ya dije, y eso lo puede corroborar hasta el mismísimo Vargas Llosa, tremendo novelista, ganador del Nobel de literatura y defensor a ultranza de las ideas más retrógradas en lo que a ciencias económicas se refiere. Allá él.

Cubierto de sangre y de mierda, el citado premio suele premiar a personas de corte neoliberal cuyas doctrinas están en plena sintonía con la espiral del capitalismo que nos subyuga. En una de sus vueltas, la de este año, el Banco de Suecia ha venido a premiar al canadiense David Card junto al estadounidense Joshua Angrist y al holandés Guido Imbens.

Sobre el trabajo de Card, la banca sueca que otorga el premio ha apuntado que el resultado de sus estudios demuestran, entre otras cosas, que aumentar el salario mínimo no necesariamente conduce a menos puestos de trabajo. Aquí, en España, los economistas capitaneados por el gestor de inversiones Daniel Lacalle se han llevado las manos a la cabeza, pues estaban obcecados en lo contrario, sin haberse parado a pensar que el sistema que defienden parte de un modelo que no funciona y que, para que funcione un poquito, hay que hacerle unos pequeños ajustes, como lo son la subida del salario mínimo o la promoción de las Rentas Básicas; medidas que hacen que la productividad y el consumo se aceleren. Pero dentro de los burros, los hay muy burros, y Lacalle y sus acólitos lo demuestran cada vez que tienen ocasión.

Antes de terminar, para despedirme, queda sugerir el libro con el que empezó la disidencia. El trabajo que nos enseñó a mirar la mercancía con sus propiedades o valores y la relación entre dichos valores que nos da la medida de todas las cosas. Me refiero al libro 'El Capital', la obra magna de Marx y de toda la ciencia económica. Para quien no se ha acercado aún al genio de Tréveris, recomiendo la antología que César Rendueles -otro genio- hace de 'El Capital' para la editorial Alianza.